30/05/2011

Capítulo I



Lemiteliusansin

Esfuérzate en ser un re-loco, de lo contrario terminarás convertido en un re-cuerdo.

Individuos hay -y hubo- sobre el orbe, que justifican el movimiento de rotación de la esfera celeste con su sola presencia, ora por hermosura, por la hermosura que siembran en el mundo a su paso, por la hermosura que transmiten en el verbo, maravillados de la hermosura que les muestra la realidad, porque no ven con los mismos ojos que el resto de los mortales; ora su bondad, ora su fe inquebrantable y debemos dejarlos deambular este y no otros mundos, en el ejercicio del verbo. Para ciertas culturas son santos, para otras héroes, para otras, justos.
Muchísimos de esos increíbles seres, me han honrado con su persona “en el lento ejercicio de los días”, con lo mas importante que tenían, su persona, su amistad; merecen por ello sobradamente mi rescate escrito, por ser lo único con cual poder honrar tal dignidad, porque ya son parte de mí, en la huella que deja su recuerdo; se cruzaron en ese camino que yo transitaba convirtiéndose en eso de “hermanos que se eligen”. Valga este escrito a modo de magro homenaje a toda esa gente. sin la cual el mundo posiblemente girara, pero seguramente no podríamos llamarlo mundo.

El solo hecho de nacer, condena a la estirpe humana a la fatalidad. El cristianismo lo llama pecado original, por mucho que lo neguemos, la cereza el final terreno está presente en cada segundo de existencia. Mientras ello llega, procuramos teñir de virtudes lo que nos toca vivir, haciendo siempre a un lado aquella fatalidad latente. Una mañana fría, comienzo de un día puntual de Junio, frío, acorde con los mates amargos y fuertes, Sisoco García “recuerda una mañana en que llovía”, los ojos detrás de esa llorosa sonrisa, masticando el líquido verde, anticipando pesares en su parecer al imaginarlos o preverlos, uno de esos pesares se destaca nítidamente sobre el resto, la fatalidad que engloba todo lo referente a su puesto de trabajo, al que dedica una blasfemia menor, inocua, carente de valor simbólico, que oficia de modesto anclaje a la realidad.
Antes de los pesares, aquellos ojos le recuerdan la puntual hora del día, el comienzo de la realidad, la aurora de rosáceos dedos, la imposibilidad física de observarla en vivo, debido a la nube edilicia circundante. En modo alguno esta dura realidad topológica inhibe la formación de la imagen ideal de la aurora en su yo íntimo, convocada por aquel curioso mecanismo del intelecto humano, que por convención llamamos recuerdo, de otras muchísimas auroras ocurridas en otros ámbitos, auroras en el campo, en el mar, en gratas compañías humanas, y bien sabemos, amigos míos, cuanto predisponen las auroras, los ánimos de los héroes, hacia comportamientos de lo mas heterogéneos tales como dar inicio a batallas, componer una sinfonía, o salir rumbo al trabajo.
Ese maravilloso milagro estético -que llamamos aurora- continúa ocurriendo a diario, no lo vemos, es todo. ¿Cabe agregar al final de la frase anterior... por boludos?. Creo que no. Conservemos en cambio una opción menos vergonzosa, por falta de imaginación, o porque se nos quedamos sin combustible en la máquina de recordar.
El tiempo amigos, es esencialmente subjetivo, sabemos que no miden -o significan- exactamente lo mismo, veinte minutos recordando auroras, que los veinte en la espera a la mujer amada, que los veinte minutos del viaje en ómnibus al puesto de trabajo, tal vez, leyendo La Metamorfosis de Kafka.
Hay quien asegura que la lectura fue inventada con el exclusivo fin de minimizar el pesar de esos minutos, evitándose así el individuo preguntas como ¿Qué hago perdiendo veinte minutos de vida para ir a un lugar donde todos me odian...? No es necesario fatigar tratados de filosofía para descubrirlo. Los minutos en el transporte público, son cumplidos por lo general en el humano medio, sumidos en una especie de hipnosis letárgica, semi vida, status vital ya profusamente atestiguado por autores de ciencia ficción de diferentes latitudes.
Ahora bien, conviene no combinar la lectura de Kafka con la pregunta que hago aquí, dado que incrementaría considerablemente el análisis de la opción suicidio inminente, en el humano lector.
Si asumimos un anticipo de la muerte al transporte público en el que concurre a su trabajo Sisoco García, hombre sin mácula; cada minuto de tiempo dentro ya del puesto de trabajo, directamente ES la muerte, argumento que requiere alguna aclaración.
Este individuo, como muchos, ha cedido una porción tiempo de vida que le toca en stock a otro y ya no le pertenece, lo ha trocado por un precio determinado en metálico -aunque resulte imposible de creer- generándose obligaciones mutuas, doy par que des, y todo aquello, base de la moderna economía de mercado, la sociedad de consumo y otras beldades. Huelga aquí mencionar las diferentes cualidades de trabajos que unos ofrecen y la contraparte que otros se obligan a entregar, mensurable en circulante de uso legal, siendo tantas, de tan amplia variedad y belleza estética, que insumiría un capítulo entero el solo describirlas. Solo volveremos sobre ese hecho al menos curioso, la calidad subjetivas de esas horas, cuanto difieren las que cumple el matarife que degüella vacas durante ocho horas, de las del chofer del transporte público que debe soportar esas conversaciones y esos reguetones a sus espaldas -tu me dejastes caer-; del soldado parado haciendo guardia o el empleado municipal que marca la tarjeta y lee el diario en el bar a dos cuadras de donde debería estar.
El tiempo no es el mismo, evidentemente no estamos hablando de la misma sustancia. En muchos de esos sitios públicos, uno solo de esos individuos, lleva adelante los encargos y labores de los apodados “pícaros” por el imaginario popular, unos y otros no observan error o fractura en el continuo espacio-tiempo y asumen que ello no comporta error, lo cual nos llena de preocupación al imaginar tener que explicar esta realidad a un individuo ajeno a nuestra cultura, tal que alemán, marciano o fantasma.
Asumimos de aquello, las diferentes calidades de estas muertes diarias a las que somete el sistema a los hombres y mujeres argentinas; evidentemente no todas son iguales, no todos los trabajos duelen de la misma forma.
Debido a ello es que fuera bautizado tan bellamente, el puesto de trabajo de Sisoco García, argentino cabal y sin mácula.
A efectos de evitar la semi muerte del transporte diario, Sisoco adopta y perfecciona ese inteligente procedimiento ideado por su amigo Jacinto Ruiz; la lectura de novelas de ciencia ficción en el transporte; en partes alícuotas, progresivas y sucesivas -aunque hay días puntuales en que vuelve a leer lo ya leido- adecuando la lectura a esa porción puntual de tiempo que demora el transporte en arribar a destino, que lo raptan de la realidad real por veinte minutos, una hora, dos días, sin costo alguno.
Refieren ambos dos inconscientemente -Jacinto y Sisoco- a esta noble actividad, con una aberración físico-linguística: “matar el tiempo”, expresión que arroja mas incógnitas que respuestas y deja un sabor metálico en el paladar.
Ha ensayado otros métodos Sisoco García, a efectos de mitigar tamaño dolor; periódicas escuchas desde ínfimos adminículos electrónicos, en el ómnibus público, hecho del que desiste por exceso de esdrújulas.
Cumplido el ritual del transporte, Sisoco honra a diario con su presencia de varón insigne, una de las tantas oficinas que el estado provincial ha diseminado a lo largo y ancho de la geografía citadina, como quien arroja estiércol al río, lo cual pareciera significar: aleatoria y despreocupadamente, cuando en realidad es: sin un orden pre establecido.
La mayoría de estos sitios oficiales, resultan claramente identificables al estar antecedidos de uniformados individuos ataviados de azul -que por curiosidades del idioma, también son llamados oficiales- suponemos a modo de mera biejouterie ornamental.
Posicionados ya frente cualquiera de estos sitios y corrigiendo hacia arriba no mas de cinco grados el aparato escópico -ese al que el vulgo alude con el eufemismo: “la vista”- luego de una simple y rápida inspección; verificamos empíricamente el cartel vinílico que nos anoticia del nombre del sitio público. Vuelve el individuo la mirada hacia el horizonte normal, hace una ligera revisión en arcaicos recuerdos, verifica en la memoria la dirección postal del lugar; al tiempo de expresiones: “ah, esta era la vieja secretaría de tal cosa, que antes era tal otra”, moviendo la cabeza afirmativamente y sonriendo para la cámara.
El retorno desde aquella incómoda de mirada de cinco grados hacia una mas “estandar”, lo realiza tanto por comodidades físicas, también -claro está- por haber satisfecho la curiosidad, como también por la no menor necesidad de evitar el pisado de estiércol canino. La cartelería solo muestró unas letras bastante simples de comprender, mas no el normal y anhelado aviso de lencería femenina, que requeriría de algunos segundos mas de nuestra atención centrada en ese punto fijo. Tal vez minutos, tal vez horas o días de acalambrado maxilar.
Extraña es esta cartelera en tipografía y colores, al punto que pareciera resumir en la imagen, la heterogeneidad carnavalesca del nuevo justicialismo del siglo XXI, corriente filosófica cuyo único cometido, pareciera ser nuestro asombro continuo, u opacar con su accionar, la calidad asombraticia del resto de la realidad.
Bien sabido es aquello de: “Una imagen, vale lo que mil palabras.” que aplicamos al cartel, en recuerdo de rostros que genera miedito en el individuo, por oposición a esos que apodamos curiosamente, la oposición, mas cercanos a ese sentimiento que primero es risa, pronto se convierte en mueca de lástima, y que termina siendo lástima de si, hacia uno mismo.
Una aclaración importante: en la frase anterior, vale está utilizada en su función de verbo en primera persona, y no como pareciera a simple vista, diminutivo de nombre propio femenino, utilizado frecuentemente en la periferia urbana, aunque también el el centro, embellecido en virtud de artículo antecedente, a saber: “La Vale”.
Quien se tome la molestia de recordar aquellas antiguas letras metálicas, las que antaño servían de título de esas oficinas públicas, no podrá menos que asociar lo estético con lo políticoeconómico; cuanto nos informa el valor monetario del cartel, sobre la administración de las arcas públicas, sobre lo que le importa esa oficina a este gobierno, cualquiera sea el color de este último.
De ese asombro estético, pasamos sucesiva y progresivamente a otros de carácter matemático. ¿Este individuo por vigésima vez en una lista electoral? ¿Como el hijo, cuantos años hace que juran que terminó el feudalismo? ¿Cuantos millones embolsó este otro? ¿De cuantos años zafó este? ¿Como no murieron catorce generaciones para arriba de este otro hijo de puta? Etcétera.
La sola denominación de Agencias, ya comienza a restarle méritos a sus funciones, por lo menos respecto de los antiguos Ministerios y Secretarías, tan rodeados como estaban de misterios y secretos.
Sugiere el poeta que las cosas “no son sino hasta nombrarlas”, luego, estos lugares son eso que nos anotician con sus nombres. De allí que poeta es el hacedor, según los griegos, que de esto de inventar palabras, alguna idea tenían.
El feliz sustantivo Agencia pareciera sugerir algo relacionado quinielas o apuestas en general. Los intelectos algo mas retorcidos, que los hay, ya son proclives a ver agencias de otro tipo, dejando que estas interpretaciones, corran exclusivamente por cuenta del desprevenido lector, y que experimente este, el ligero apretón ovárico-testicular correspondiente.
Dijimos atrás: Sisoco honra y no se ve honrado de pertenecer -a la usanza de la voz pasiva- por cuestiones harto simples, ajenas a la gramática, pero que merecen una importante aclaración.
Sitios hay sobre el orbe, cuya fama excede sus limites físico temporales; digamos: la realidad les queda chica, porque ha encogido, o porque no creció a la par de ellos.
Se ha sugerido, la existencia física de gente así también. No es dudable que ello ocurra, merced al tamaño de sus intelectos o sus corazones.
Observemos, a modo de verificación empírica de lo anterior, la última etapa del niño al crecer, aquella en que agranda su corazón y su cerebro; detenernos en sus repetitivos tropiezos ante elementos de la realidad que, como es lógico esperar, conservaron su tamaño; tropiezos que muchos seguirán ejercitando muy alegremente y a gusto a lo largo de sus días adultos, costumbre que trasladarán al campo de las ideas con total displicencia, el famoso choque contra la realidad, ya sea esta una pared física o una teoría económica.
Traigo, amigo amiga, palabras de aliento para quienes entristezcan por dolores producto de golpes propios o de sus seres amados: la realidad, por tenaz oposición que ofrezca, tarde o temprano cede.
Los sitios tienen una razón de ser, una explicación, una historia, la ciudad que nos ocupa, no escapa a esta regla y preñada está de multitud de estos prodigiosos sitios excesivos, ensanchados de valor. Cargan dichos lugares con un pasado de gloria, en muchos de los casos, discutible -si dicha fama es negativa o positiva-, pero significan puesto que cargados están de significados. Solo por citar algunos pocos ejemplos felices es que mencionamos la Universidad Nacional de Córdoba, y su histórica Reforma; la Sacra Orden de los Jesuitas, acuérdese con ellos o no. Cabildos, sedes gremiales, colegios, calles, iglesias, esquinas, peñas folklóricas, centros de detención clandestinos, garitos de juego, cabarulos y lupanares, significaron y significan. Así lo atestiguan la multitud de historias que a nosotros llegan, para alegrar, entristecer, o solo para ejercitar el recuerdo, tan necesario en los corazones, en forma de chistes, de anécdotas, de chismes, de zambas, de causas penales. No son pocos los sitios de la geografía de esta ciudad, que cuentan con historias que hacen enorgullecer a quienes cobijan, forzándolos al paso erguido, cual si sonaran aplausos y vítores a su paso.
Notamos en su andar, la seguridad de quien dio por sorpresa con alguna verdad, por simple que ella fuera, desde el cógito cartesiano, hasta la respuesta de la famosa incógnita de cual es el volumen del líquido desalojado de la bañera. Solo quienes cuentan con verdades en su haber, caminan erguidos, salvo que las verdades pesen mucho, por lo cual, ya su andar es algo mas encorvado.
Notamos esto, sin demasiado esfuerzo, solo hay que enfocar de otra manera el entorno.
Baste al lector observar otros andares, precisamente de esos Otros. Ciertos -por fortuna, no todos- individuos de la burocracia sindical, levantan la frente al caminar mientras transan con sus teléfonos agitando las manos, cual si fueran Toscos, cuando lo que en realidad son, es toscos simulacros de soretes. Perdón, ya se me salió la cadena. No será la única vez.
Se puede leer también a la gente en su andar, su calidad, la calidad de sus anhelos, la realidad que vive.
Lamentablemente, como imaginará el lector, no es este para nada el caso de la oficina donde aterriza su fuselaje, a diario, el divinal Sisoco García, en cumplimiento de su deber de trabajador argentino.
La oficina de Sisoco García, carece completamente de virtud alguna, presente y pasada -y no es difícil imaginar que al paso que llevamos, tampoco cuente con virtudes futuras- honrándose luego esta, con la presencia de aquel. Parece un argumento de simple comprensión, aun para intelectos que no sobrepasen la media, pero merece una aclaración.
La diaria presencia del héroe, embellece y ennoblece esta oficina. Por su sapiencia, su sonrisa, la calidad de los amigos que concurren a visitarlo y los diálogos que estos comienzan, las risas que nacen de esos diálogos, el asombro que siembran en ese entorno.
Observamos a diario, el resignado orbitar en derredor de estos sitios públicos, como norma; cierta densa nube de ciudadanos, que agregan virtudes con la luz que irradian de sus ropajes, el tono de sus voces, la calidad de sus arengas. Se nutre la nube civil, de atareados transeúntes transportando generosos atados de papeles bajo los argénteos brazos, trátase de esa gente llamada de ordinario como: “público en general”, o “la ciudadanía”, o desde la llegada de la democracia: “el soberano”, o mas cariñosa y sinceramente: “la gilada”.
Alguno de estos transeúntes ocasionales, asoma el (sic)soma -o cuerpo- a través de la puerta de entrada, a efectos de ingresar al sitio.
¡Pero! ¿No observábamos la oficina desde una posición externa?
Por lo menos yo estaba aun del lado de afuera de la oficina.
Pero, ahora bien, si su viaje es, inversamente a lo que mencionamos antes: interior-exterior; lo que significaría saliente. ¿No estaríamos refiriéndonos con mas exactitud, a lo que para ellos sería la salida? Dejemos por segundo la incógnita sin despejar.
Luego, estos individuos salientes, se encontrarían cruzándose, enrocando posiciones con los que viajan en sentido opuesto, los ingresantes; estos ya por la entrada propiamente dicha, dando estricto cumplimiento a un imaginario y cortazariano manual de la correcta utilización de las puertas.
Curiosidades lógicas de la realidad, que ambas, tanto la entrada como la salida, convivan en tan extraña como pacífica armonía, en un solo y mismo vecindario topológico, llamado por convención puerta en beneficio de la brevedad, sustantivo este, sobre el que intentaremos ampliar información, mas adelante, en atención a su multiplicidad, no solo de significados, sino, aunque suene a ciencia ficción, multiplicidad de usos.
Curiosidad que nace de la subjetividad innata de los significados, que nos advierte, nos alerta al tocarnos, nos acaricia e inmediatamente nos abandona a una extraña sensación general de precariedad intelectual, peor aun, de indefensión, de extrañeza, cuyo arcaico origen podríamos rastrear en aquel mito del antiguo testamento: La Torre de Babel, la Babilonia de las prostitutas y el Señor condenando a la estirpe humana, negándole toda posible comunicación por haber osado llegar al cielo con su torre.
Pregunto: ¿No será, acaso por el oficio de las trolas, también? Quedémonos por ahora con la opción del cielo mancillado.
Desde aquel entonces, cargamos con la maldición de la incomprensión mutua, de allí que muchos aprovechan la situación, desde que los troyanos entendieron que el caballo era un regalo, hasta llegar a los bancos, que entendieron que podían ser “bonos” aquellos que originalmente fueran “dólares”, ella dijo “alguna vez” y él entendió “este viernes”, yo dije “libro” y usted, amado lector, dio con esto, que lo trata de suplir.
La historia, no deja de ser sino el continuo y cíclico asombro por saltear esa valla, que un par de individuos acuerden en un punto, es magia suficiente. Me recuerda a aquel que sugirió: “la tierra para el que la trabaja”, “el que no trabaja, que no coma”, “ganarás el pan, con el sudor de tu frente”, que al ser mandamientos de tan difícil puesta en práctica, muchos optan por hacer trabajar esclavos a su cargo, o su capital, creyendo con esto, dar fiel cumplimiento al mandato divino, y calificar con ello para la obtención del boleto en el bondi con destino a los Campos Elíseos.
Esto nos arrima un tercer problema lógico, este mismo señor, o mas precisamente: El Señor, nos ordenó cumplir con su voluntad, pero después nos confunde con la mezcla de las lenguas; luego por lógica, no entendemos lo que nos quiere decir, porque lo dice en latín, que -paradójico también- era el idioma del imperio que subyugaba a los judíos, tal es el idioma de los malos. En realidad no entiendo nada, pero me daría por totalmente pagado, si a cada renglón, el lector se viera obligado a detenerse a imaginar otras preguntas, u otros significados, u otras realidades.
Pareciera que el señor judeocristiano, tenía algún ligero inconveniente con las cuestiones relativas al trabajo, pero mayor inconveniente le representaba el sexo, que con aquello de “creced y multiplicaos”, mas parecía andaluz que romano, menos aún judío, y poco tarda el vivo desde la multitud preguntando “¿multiplicar por cuanto? Porque me se hasta la tabla del cuatro.” y ahí, en cuestiones aritméticas, intervienen los hermanos musulmanes, y alguien sugiere que lo multiplique por la constante de Torres, en honor al número desarrollado y descubierto por el librepensador Odiseo Torres, igual a un dios.
Estos muchachos del monoteismo, poco tenían que ver con sus pares griegos, quienes nunca observaron escrúpulo alguno para entrarle a lo que se les cruzara delante, de distinto sexo, de distinta rama del árbol de la escala evolutiva, inclusive. Temo haberme desviado un ápice del tema de la incomprensión humana, mil disculpas.
Ya en el siglo veinte, el señor Lacán, advierte nuevamente sobre la imposibilidad de comunicación entre congéneres, pero con palabras muchísimo mas difíciles, abonando así la tesis que niega toda posible comunicación humana.
Puesto que, amigos, difícil es imaginar dos iguales, que lleguen a este lugar que llamamos puerta, en la misma dirección, pero en sentido inverso; e intenten ponerse de acuerdo sobre lo que tienen ante sí -sus sis respectivos- si es una entrada o una salida y, dependiendo de las personalidades, o la calidad de los tóxicos ingeridos en su pasado inmediato anterior, puedan continuar sus derroteros, sin que medien hechos de violencia física inmediata, forzando con ello la aparición de hombres de azul.
Creo encontrar un principio de explicación. Todo ello es posible, merced a este nuevo siglo guarango -o aguarangado- de rituales berretas y falta de respeto; donde cualquiera infla pectorales y suelta despreocupadamente: “que me vas a decir a mi vos lo que es una entrada”, o “que sabé vos, ch'otario, de puertas”, o “mi plata no vale acaso”; que alguno trate de imponer su punto de vista, en supuestos altos estudios: “a mi me vas a decir, che pinjerto, que hice cuatro años de arquitectura”, u otro que base su credibilidad en la edad “y yo, que llevo sesenta años abriendo y cerrando puertas”. Podríamos explayarnos in extenso sobre los posibles argumentos, sin incrementar en gran medida las posibilidades de dar finalmente con quien pudiera tener razón.
Algo de culpa debe existir en este siglo de rituales guarangos, de individuos que arrojan papeles en la vía pública, cosas y hasta gente -entera o fraccionada- en esa vía pública. Nuevo siglo de transeúntes descreídos -no ignorantes- de la vital necesidad del saludo, por su valor terapéutico nacido de la sonrisa. De seres descreídos, quien sabe, si del asombro por el amanecer o de la buena fe del prójimo, ignorantes de la impostergable necesidad de producción lagrimal por la ausencia de los poetas, aquellos, los hacedores de realidad.
Descreídos individuos -pareciera a simple vista- que los perros deban deambular el orbe por sus propios medios y no en brazos de sus parientes humanos. Quien sabe, quizá no hayan notado que ellos también -los perros por pequeños que sean- vienen sabiamente provistos por madre natura, de miembros anteriores y posteriores, pre diseñados, configurados by default para ese uso, el desplazamiento espacial. Hablo desde la posición del asombro, puesto que no soy quien para opinar al respecto, al ser un neófito en ingeniería del desplazamiento canino.
Ruego las disculpas del caso, amigo lector, usted se encuentra ya entretenido en la lectura, pero puede haberlo ya notado, estoy muy intolerante a la pelotudez ajena, demasiado ya tengo con la mía.
Tales homo sapiens -provistos o no de canes en brazos- entrantes y salientes a esta oficina, son sensible y visiblemente distintos unos de otros, parecieran pertenecer -aun para el ojo indocto- a distintas estirpes en la escala Darwiniana.
¿Simples cuestiones de perspectiva, de punto de vista del observador, de relatividad como nos anticipara bellamente don Einstein, u otra cosa?
El hecho es que los individuos de la categoría entrantes, conservan aún los brazos colgando grácil, ligeramente a ambos lados del tronco -o soma- mientras que los salientes, duro es decirlo, lo hacen en una actitud algo mas tensa. Adivinamos algo mas complejo que la lógica y esperable angustia existencial en las torvas miradas, o en la curvatura general de las cejas. Cierta actitud paranoide han agregado -o ya no ocultan- al girar acompasada y alternativamente la cabeza, a izquierda y derecha, al traspasar los límites espaciales de esa puerta. Lo observamos también en el foco distante de esas pupilas, algo ominoso notamos allí, que nos transporta a olvidadas lecturas de Kafka, o su antecedente, Melville, y el resultado de ello, el cine de Kusturika. No parecen coincidir la luz de la mañana con esos rostros, propios de película de terror clase B. Esas caras, esas desesperaciones, nos fuerzan a comprender a aquellos autores, mucho mejor de lo que pensábamos.
Lo cierto es que pareciera que algo les fue arrebatado, los movimientos corporales de su salida, observan algo menos de seguridad y firmeza que al ingreso.
Dudan. Se los ve abrir la billetera y contabilizar la liquidez inmediata -o activos corrientes- leer los papeles en sus manos, mirar hojas, acercarlas y alejarlas, girarlas para hacerlas legibles, voltearlas, volverlas luego a poner en la posición original, seguido de fruncimiento de ceños; revisar la hora, o la fecha. Se los ve empecinados en encontrar una respuesta en rincones no previstos de esos papeles arrugados.
Se los ve observarse en el reflejo de vidrios cercanos, peinarse, rascarse una oreja con el meñique, mirar por quinta vez la cartelería de la entrada. No es extraño verlos repetir cíclicamente todo este procedimiento desde cero.
Solo por ejercitar la capacidad de ficción, ensayamos verdades que -suponemos- les fueran confesadas allí adentro, de aquellas difíciles de soportar. Masoquismo puro y simple, puesto que como todos sabemos, amigos míos, toda verdad es difícil de soportar:
-Ruiz... un dos. Vuelva en Marzo.
-¡Usted, si usted, el de la nariz aguileña! Gol de Brasil.
-Para serle franco Torres, ella no lo esperó tan estoicamente esos veinte años que duró esa guerra y el regreso.
-García... Seiscientos sesenta y uno. Marina, dos años.
Puede ser que se enteraran allí de la imposibilidad, de un viaje tripulado a Marte a corto plazo; les quebró el corazón imaginar la tristeza de Ray Bradbury al leer el titular en los diarios. Puede ser que algún sádico, de los que nunca faltan, les haya recordado a esa gente que no está mas el Capitán Pilusso.
Sintonizando lo suficiente la sensibilidad escópica, resultan legibles en los rostros las preguntas que se están haciendo en esa entrada, con esos papeles en las manos. Muchas veces, notamos, llega un momento en la realidad del individuo, que dejan de hacerse esas preguntas a si mismos y optan por multiplicar las posibilidades de éxito al hacerlas a un tercero, peatón, vecinos ocasionales de su realidad inmediata:
-Fotos carné -Inician el diálogo con palabras erradas. Lo que debería ser una pregunta, es despedida como si se tratara de una imposición, producto de su desesperación- ¿Perdón, puedo sacarme por acá tres fotos carné? -Arreglan finalmente la frase tratando de corregir aquel error inicial-
Son respondidos por el excesivo hombre de azul ante la puerta -en adelante Medina, en honor a la brevedad- en simultáneo de indudable seña del brazo derecho -del mismo hombre de azul- brazo seguro y argentino, que termina en una mano, que termina en un índice que parece apoyarse en algo invisible a estribor, ligeramente adelante, presumimos sobre la radial cincuenta de su horizonte artificial. Nos asombra la capacidad histriónica de Medina que lo imaginábamos un insípido actor secundario.
-Afirmativo -Voz agravada luego de carraspeo actoral- Ahí al frente, donde dice fotos carné en el acto -Apoya palabras Medina, de forma marcial, en el subrayado que le da el corpulento brazo, dejándolas correr por ese puente invisible hacia la nada, allá adelante-
Y ante la respuesta, se observan en aquellos rostros inquisidores, crecer cual hongos, lumínicas y espontáneas expresiones del tipo: “Ah, que boludo” o “Si seré gorreado” o “Por las barbas de Zeus” o “Que pinjerto”, y similares de belleza estética, longitud y vuelo poético, de lo mas amplias y heterogéneas.
A menudo nos conmueve, otras, nos deslumbra lisa y llanamente, descubrir la poca cosa -poquísima- que origina ese maravilloso fenómeno que llamamos alegría, en el humano medio. Esta es una.
Una aclaración odiosa mas no carente de importancia; para que dicho milagro ocurra, el individuo debe contar con mínimo poder de auto crítica e inteligencia, caso contrario, imagina culpas ajenas de forma inmediata, bautizado transferencia por la clínica especializada; perdiéndose irremediablemente la magia, tanto para él, como para nosotros que disfrutamos de su error, cual tropezón busterkeatoniano. Debería haber algún libro de autocrítica dentro de tanta pelotudez de autoyuda. Creo.
Hay otras alegrías, debo reconocerlo. Un gol en el minuto cuarenta y cinco del segundo tiempo. Para empatar. De visitante. Con un hombre menos. (Podríamos agregar mil requisitos mas que condimenten el empate para mayor alegría, mas, alegrémonos con solo estos).
Ya que de números hablamos, podemos agregar otros números que causan alegría.
¡No, los de la rula no!
Un cinco, de una materia hacia la que vimos salir a nuestro hijo con cara de miedo de oficina pública.
¿Para que más? ¡Amor! ¡Dinero! ¡Poder! Todo eso genera problemas, de uno u otro aspecto, estas otras alegrías tienen costos muy altos, comparado con la gratuidad de aquellas.
Otro individuo se acerca, con preguntas que llenan sus pupilas.
-¿Donde hay una fotocopiadora? Dos frente y dorso, primera y segunda hoja- Ya Medina mira alternativamente al preguntante y a la cámara, ensayando posiciones y analizando la luz, para la toma de su primer plano, a minutos de creérsela.
Pregunta esta que nos transporta en la nostalgia a lejanos encargos, allá en la infancia, allá en el pueblo o barrio, que trae la voz de una madre preocupada por tareas inconclusas para la escuela primaria, la total escasez de tiempo para el cumplimiento del encargo; el efusivo tironeo de la ropa y las monedas para sacar las primeras fotocopias. El chirlo correctivo y despeinatorio en la cabeza, no otra cosa que amor maternal en estado puro.
Medina ya da muestras externas de ofuscación al señalar otra posición en el firmamento.
-Un formulario C-113-
-Allá -El oficial de azul reparte señas a diestra y siniestra, tratando inutilmente de hundir panza y entregar un mejor perfil a la cámara-
-Tres donantes A negativo-
-Se toma el Amarillo con la letra C5 y va hasta el hospital...
-Firmar esto en oficina del fiscal, antes de las 12:21-
Los rostros, las muecas, el desorden del pelo, dicen mucho de sus portadores, más de lo que el mortal común admite. Carece el homo sapiens medio, de capacidad de lectura de esos rostros, sencillamente porque carece de capacidad de lectura de casi todo. Muy a menudo, esa categoría que engloba las faltas, incluye su idioma natal, lamentablemente. Quien agudice suficientemente la percepción, leerá esos rostros, como leerá también en las entrelineas de los noticieros televisivos, las segundas y terceras intenciones del prójimo, “que ves cuando me ves, cuando la mentira es la verdad”, leerá las verdaderas intenciones de la publicidad.
Bástenos como corolario de la tesis anterior, la lectura de rostros, realizar el siguiente ejercicio.
Siéntese pacientemente frente al televisor, descanse los brazos a ambos lados del cuerpo -o soma- centre la percepción en la respiración, despójese lo mejor posible de preconceptos y observe las imágenes del televisor.
Solo limítese a observar pasivamente las imágenes sin sonido en el televisor, justo en el preciso momento en que aparecen esos rostros, como el de George W, o el papa, por ser los mas visibles, ciertos reverendos, cierto agente oficial, para saber, para descubrir sin escucharlos pronunciar una sola palabra, quienes son. Hay algo inconsciente, mas sabio que uno, que los descubre con solo una mirada. No deberá esperar mucho, como podrá imaginar preocupado algún desprevenido lector, puesto que estos personajes, es duro decirlo, parecieran vivir dentro del TV.
La misma suerte corren diputados, gremialistas y gobernadores, “en este tiempo de plumaje blanco” Existe allí cierto miedo kafkiano, acepto, pero solo quiero decir esto, no son mas, son los menos, solo son mas visibles porque tienen mas prensa.
Pocos tiempo demoramos en averiguar su identidad real. Puede el individuo someterse a una no menos peligrosa actividad, dar sonido a esas caras, solo para verificar lo que ya sabe, el verbo que utilizan, y con ello quienes son.
Cuando el encargado de la seguridad de la provincia dice: "lucha contra los delincuentes", sabemos perfectamente que la traducción es: "con los delincuentes", cuando aquel obispo decía: "en la caridad de cristo" quince veces por discurso, también sabíamos que solo intentaba camuflar el mensaje de Satán; cuando el ministro de salud insiste en las ventajas de un plan de vacunación "por el bien de nuestros niños" reconocemos que el único beneficio, se reduce pura y exclusivamente a cuanto va a facturar, y que los niños beneficiados son sus hijos.
Un pequeño y demoníaco ser, de barba mefistofélica, anuncia entre gallos y medianoche, la puesta en marcha de un tren, del que no tenemos datos sobre los horarios, ni el recorrido, pero nos cuesta poco imaginar lo discrecional del manejo de los fondos oficiales destinados a los estudios de factibilidad.
Experiméntese el miedo suficiente, y luego apáguese el aparato. Exposición máxima recomendada al homo sapiens adulto, dos minutos. De repetirse la dosis -aunque no es recomendable- hacerlo después de las cuarenta y ocho horas, nunca en ayunas.
Pareciera existir algo de uno mismo, que se encuentra con algo, que es de uno también aunque resulte extraño, pero que no está adentro, está en otro lugar y que comparte una visión más amplia, más ligada a la intuición, de saber perfectamente. Ese algo, sabe que hay que hacer (sic) algo contra aquello, urgente, aun no sabe que, pero que por el bien de la humanidad hay que quitar de esos sitios de poder a esos seres.
Muchas veces, eso a hacer, comienza con la simplísima acción de no encender la televisión. El procedimiento, la acción a realizar, es de una simpleza que raya la estupidez, pero es un comienzo. Argumentos simples, se anteponen a los de exposición compleja. No encender el televisor les niega corporización, ellos cobran vida cuando permitimos que lo hagan. Cosas que no deberían ser, no son, por el ejercicio de la voluntad. Otras verdades llegan luego, al contar el individuo con el uso de su cerebro y sus opiniones, bloqueado el canal de ingreso de mentiras.
¿Usted, desprevenido lector, invitaría a cenar a su mesa a algunos de esos miles que gritan a la hora de la cena?
Creo que acordamos que su respuesta es NO. Malas noticias para ti, entonces.
Lo hacen a diario, cenan y monologan en tu mesa y, aunque cueste creer que ello permitas... ¡Delante de tus hijos! ¡Válame Dios! Me aventuro a pensar que ellos tampoco invitarían gente así a su mesa.
El paroxismo llega cuando noto yo, notas tú, nota él, etc. notamos todos, que monologan sin escucharnos, cuando descubrimos que la comunicación es unidireccional e irreversible. No nos otorgan la mínima esperanza de poder devolver un drive.
El bueno de Jacinto Ruiz, frecuentador del leprosario, merced a su condición de justo, da cuenta de un interesante argumento, respecto del mal y la existencia de la divinidad.
Al parecer, el señor le encomendó la magna tarea de convertir agnósticos, y en tan interesante negocio, entretiene sus días.
Encontró en el enunciado anterior una verdad oculta. Si aceptamos la existencia de esos seres mediáticos como encarnación del mal, debemos aceptar también que necesitan operativos de prensa para imponer dicho mal, a efectos de generar suficiente culpa y angustia en la población. Hasta aquí, todo va bien, lo original viene a continuación.
Esto, no solo probaría la existencia del bien, por recurso del contrario, sino además, que está mejor posicionado per se en las encuestas de opinión. Para sonrisas de sus allegados, para miradas que quedan un rato fijas en el zenit, que buscan explicación a tales argumentos, por el lado de los tóxicos consumos del obeso amigo, incrédulos que la verdad, la verdad de verdad, también es tóxica.
Alguien que nunca fue nombrado en los televisores cordobeses, es Sisoco García, aunque si su puesto de trabajo.
A la oficina de Sisoco, hombre sin mácula, algún librepensador, segunda línea de mando en la administración pública provincial, rebautizó tiempo atrás con el exquisito eufemismo de el leprosario, en atención -posiblemente- a la curiosa población que ella reúne.
Dicha población está compuesta de un prolijo y vasto compilado de intocables. Condición esta que remonta el recuerdo del lector, hasta aquel pasado anterior a la penicilina, época en que la sociedad en su conjunto, había optado por esa sana costumbre de recluir a los enfermos, abandonando con ello todo intento serio de sanación, confinándolos a todos, lejos ab aeternum, descubriendo o confirmando empíricamente -con dejos de malsana alegría- no existe aquello que no se observa -coincidiendo con la idea esbozada en el párrafo anterior, entre la televisión y los idiotizados individuos en las mesas del comedor-
El nuevo leprosario, es el pasado vivo de una arcaica costumbre, islote de los treintas, donde nuestra sociedad rescataba el histórico método de deshacerse de los distintos y pocos, en beneficio de la salud de los más y sus uniformes vidas. Viejas soluciones para nuevos problemas.
Ya estamos en condiciones de presentar, por simpatía, a partir de dicha introducción a otro concurrente al leprosario, pero ya en calidad de visitante; Rómulo, esteta, de patología dialecticomaterialista, tan extemporáneo al siglo XXI como un trompo de madera, o un vendedor de velas fuera del exclusivo ámbito de la fiesta del 25 de mayo en la escuela primaria. Tan extemporáneo la palabra solidaridad, que pareciera aludir a una ART o AFJP, u otra sigla de este siglo; si, este de rituales des saborizados, de perros a upa, de sacralizad exclusivamente futbolística, de nuevos dioses de mercado paciente y prolijamente guionados.
A Rómulo, asiduo frecuentador de la oficina de Sisoco, de buen grado hacerlo provenir de Abdera u alguna otra vieja polis, o festejar que "siete ciudades del Helesponto disputan su nacimiento", más, lamentablemente, no es su caso.
Fatiga o fustiga Rómulo la realidad, opone feroz resistencia y reniega, o sea, niega y vuelve a negar, o sea. Como que Re-Niega. Su virtud es observar planes alternativos donde no hay salidas en apariencia, cuando todo está perdido, cuando ya están los compañeros enrollando las banderas.
Rómulo resume la dialéctica en su accionar, oposiciones de tesis y antítesis, que forman síntesis, que son nuevas tesis, que da inicio al ciclo recursivo. Rómulo llegó a este planeta a negar la realidad, hacer visible otra forma a los ojos humanos, con muy pocos argumentos, ya que es hombre de palabras muy medidas, ejerce cierto minimalismo verbal del que es acusado a diario por su par Odiseo Torres. Damos frecuentemente con individuos que pregonan su verdad, religiosa, política, estética y creen estar en lo correcto. Rómulo lo hace solo a pedido del público, a la usanza de aquellos que conocen mas de una verdad, como los que viven cerca del mar, que les otorga cierto aire de tolerancia.
Rómulo sostiene la posibilidad de otra realidad económica, o social, o estética de la que propone el sistema apodado la máquina.
Rómulo, el esteta de difícil y hebraico apellido, sostiene tal vez con exceso de furor e intuición, pero carente de rigor científico, que el último bastión a resistir contra el sistema, es aquel emparentado al placer y el dolor. Habiéndose ganado la batalla en tantos aspectos de la vida privada, esta Máquina niega el placer, imponiendo monogamias, formatos fijos del goce de vivir, prohibición de consumo de tóxicos, a la par de la imposición de muy puntuales tóxicos.
La máquina impone al individuo placeres ordenados y catalogados, de un escueto catálogo de libertades, que va acorralando a partir de desnudos femeninos. Por los motivos de lo mas heterogéneos, obliga al individuo a fumar o a creer que debe tener un auto cero kilómetro, o consumir yogurt, o gaseosas. Satura el intelecto a extremos que la imagen de la mujer desnuda, la de verdad, termina perdiendo valor asombraticio al momento de ocurrir.
El milagro, ese inexplicable y maravilloso, que conocemos con la denominación: desnudo femenino, es menos de lo que debiera ser, por el uso indebido, por el abuso de la magia para vendernos motocicletas, champúes o números de lotería.
Rómulo siempre fue un fiel seguidor de aquellos franceses contestatarios y tóxicos, dado que el conocimiento contiene cierta toxicidad. Asegura que lo mismo ocurre con los placeres estéticos.
Su nutrida horda de amigos, asume con pasmosa naturalidad, que los teóricos franceses aludidos no son otros que los filósofos Pinot Noir, Sauvignon Blanc, Merlot y Malbeq, cual dumescos mosqueteros esgrimiendo ideas, en defensa de altísimos ideales.
Aquella perversa máquina, enemiga de nuestros héroes, impone placeres insulsos, mientras niega el derecho individual a quitarle el dolor -aparentemente- inevitable al paciente, al prohibir la eutanasia.
Al final de la agonía, siempre los "técnicos" llegan con aquella excusa de "tenemos que colocarle la inyección", como si se tratara de algo malo, prohibido.
La máquina Impone un estilo de vida que lleva inexorablemente a patologías puntuales, derivadas exclusivamente del tipo de vida culpable y angustiosa, es natural que las células enloquezcan, cuando el CPU del cuerpo está loco y prefiere morir. Llegado el momento en que el individuo pudiera optar de motu propio, el final del sufrimiento, lo obliga a cumplir el último rol en beneficio de laboratorios y la industria de la salud, la facturación, y los viajes de "capacitación" de los oncólogos.
Algo como un guión, un rol en la obra de teatro que obliga para ser feliz debes: tener tu casa, tu auto, tu casa de fin de semana, debes veranear en el Caribe, tus hijos deben ir a Disney, debes coleccionar miles de artefactos de los que en cuatro años olvidarás la utilidad. Si quieres lograrlo, debes ceder veinte horas diarias de vida a la máquina, mientras, fuerza a estos sanos individuos a observar con tristeza a aquellos seres que deambulan sucios, barbudos, borrachos, con su amplia y heterogénea familia perruna orbitándolos alrededor del carrito de supermercado, cargado de Cosas, envidiándoles, pero sin saberlo, ese amor que se sienten.
La libertad también es un bien, por intangibilidad, pasa desapercibida a nuestro corazón, luego, también es envidiable.
Toda aquella ansiedad se aplaca con unos elegantes y legales fármacos, ya que también queda muy bien soltar en las reuniones, ante el “¿Cómo andas?” inicial, que se está mejor desde las tomas del clorazepam o del ribotril, ante los rostros sonrientes del entorno y caras de “que bueno, che” o "viste que fulano cambió el auto” o la novia.
El individuo no sospecha que le queden muy pocas horas de vida. De vida como la conocía. Cuando no es un pico de tensión, es un paro, directamente ligado a ese modus vivendi que aceptó y que ni la menor sospecha tiene que dicho estilo no sea propio, sino guionado, en ese afantasmamiento, esa metamorfosis a otra cosa, mas parecida a lo que esperan de él, que a él mismo como salió de fábrica.
Pequeño hijo de puta el sistema este, al que Rómulo llama La Máquina ¿NO? Más hijo de puta aún, al hacernos asociar el dolor, precisamente, ellos, la fábrica del dolor, con las profesionales del placer, esto es, las putas.
Interesante tarea la de averiguar quién aprovecha del exceso de libido entre el trabajador, el capitalista, los medios, las tarjetas de crédito, los credos y una larguísima lista de gente que vive del prójimo. Vampirismo, que le llaman.
Otro singular y periódico -¿o pretendía decir paródico?- frecuentador de la oficina pública, es el deiforme Odiseo Torres, el cual, fiel a su espíritu libre y al tiempo que le sobra para imaginar realidades distintas; propone respecto del vampirismo, una veta no desarrollada o desperdiciada, en tan amplia bibliografía específica.
Odiseo, que jura haber combatido a la par del príncipe en alguna vida pretérita, asegura que Vlad Tepez era capaz de observar perfectamente su imagen reflejada en los espejos, por aquel entonces.
Odiseo, tal vez sea necesario aclarar, es partícipe de ese tan extraño como ajeno sistema de creencias, que sugiere la reencarnación del alma en nuevas vidas, conforme dejamos deudas pendientes en las anteriores. No somos quienes para ponerlos en duda, el homo sapiens medio es crédulo, lo prueban los depósitos en los bancos o las publicidades.
A juzgar por la vida actual, viene dejando deudas desde antiguo, puesto que pasivos, es lo único que ha acumulado, a lo largo de los siglos. Nos recuerda, no es narración; Odiseo jura recordar aquellos tiempos bárbaros, aquellas primeras batallas por la reconquista del santo sepulcro, con una fidelidad que aterroriza mas que los finísimos caninos del príncipe. Acuden fácilmente a su memoria, formatos de espadas, escudos de armas, nomenclatura de cabalgaduras, las formaciones militares y los asedios de las ciudades, la ausencia de aseo diario -que no forzosamente signifique limpiarse con un periódico-, el nacimiento de los mitos zodiacales.
Hay muchas batallas, mucha sangre en esos relatos. De todo tipo. Y de todo factor RH. Pero que cierta jornada, podemos conjeturar que ya en presencia de la aurora de rosáceos dedos, lo que el príncipe en realidad vio en el espejo, fue formarse -como si de una ambulancia se tratara, por esa perversa y extraña virtud del reflejo- la palabra Alucard, adquiriendo, en ese solo y mismo acto, un pantallazo, un flash escénico del siglo XX y XXI, temblando en un rechazo visceral similar al experimentado por el ajo. Según Odiseo, le ocurrió lo que nosotros vemos en el cine en los relatos de ficción futura, pero allá por el siglo XV, tal vez producto de algún tóxico o algún neurotransmisor distraído, falta de sales, irrigación defectuosa, etc.
El príncipe adivinó, gracias a la magia del espejo, un futuro en que se utilizara espúreamente su bien ganada fama, la de su fortaleza, su longevidad, su exquisito paladar, todo ello involucrado en publicidades de tarjetas de crédito “con Alucard usted puede comprar en veinticuatro cuotas...”, gente que sonríe de forma esquizoide, hermosas niñas que levantan las ancas -no leven anclas, que es otra cosa- y hombres que hinchan pectorales, traban abdominales y hombros, bancos norteamericanos, actores que hacen de gerentitos con corbatas de seda en publicidades, extendiendo no la mano para saludar, sino un plástico, llave de un mundo mas pelotudo, verdaderos chupa sangre y desde entonces, el buen príncipe Vlad ya no utiliza más espejos. Sacudió la cabeza, para despejarla de aquellas imágenes en el futuro y casi se le escapa un “por dió” que reprime y respira hondo, haciendo cuernitos para abajo, con ambas manos, emulando auxiliares de a bordo, señalando puertas de emergencia al bidigital estilo, solo que con otros dedos.
Hasta los peores malvados tienen códigos, eligen los enemigos con quién enfrentarse y cuando rebajarse hasta aquellos "que no están a la altura del conflicto". El príncipe, asegura Odiseo, por lo menos tenía código.
Mas aplaque su temor estimado lector, se trata de palabras de Odiseo Torres, no desprovistas de inventiva, de fantasía, proclive como lo es nuestro héroe, a hermosear la realidad merced al verbo, bien sabemos lo útiles y necesarios que son los bancos, o las tarjetas de crédito, o la cantidad de cosas que se pueden adquirir con ellas. Símbolos, perfectos mojones delimitadores de la posición topológica que ocupan los individuos respecto de la máquina, cuan dentro, cuan fuera de ella, la libertad de tránsito en una u otra dirección. O la falta de esa libertad.

29/05/2011

Capitulo III


Odiseo Sanvicentélida, permite que brillen sus ojos al recordar sus años mozos: “Allá por los años cincuenta, en el vado de la villa, en mi San Vicente natal, éramos tan pobres, que el primer ropero que hubo en casa, lo trajo una creciente.”
Sabemos, también, que por lo general, esgrime este tipo de narraciones de su niñez, de imágenes de carnavales, de tranvías y alguna que otra mentira menor, solo en presencia de gente nueva a su conocimiento, de ser posible, en presencia de damas, con un noble propósito, como veremos acto seguido.
El foco de los relatos de Odiseo siempre apunta sobre la ternura, la producción de la misma, esa que pierde el individuo al llegarle ciertas verdades. Ternura ajena, obviamente. Que coloca al prójimo en condición algo mas vulnerable ante su producción verbal.
El noble propósito que mueve siempre su accionar es la firme determinación de demorar, tanto como sea posible, su ingreso al mercado laboral. Tarea que viene desarrollando de modo impecable, perfeccionando procedimientos con la edad. Al imaginar, el magnánimo Odiseo fecundo en ardides, un porvenir de dependiente de comercio, o playero de estación de servicio, o tenedor de libros -que supone se trata de algo relacionado con bibliotecas-, cae presa de lamentaciones y bruscos arranques de ira funesta; maldiciendo números de quiniela reacios a ocurrir en el devenir del los días y lo conviertan en rico; o consanguíneos ascendentes, esquivos a adelantársenos en la fe -beneficiándolo con la correspondiente herencia- y miles de distintas formas mas de vivir sin trabajar, que se niegan a corporizarse en la realidad real. Mal no había obrado el ingenioso Odiseo hasta el presente, puesto que trabajar, la coincidencia exacta entre verbo y accionar observado en su persona, no había trabajado nunca.
Siempre alguna señora, tal vez ligeramente mayor que él, había caído presa del embrujo de sus narraciones, cobijando temporalmente al héroe -y espacialmente- otorgándole el privilegio del cotidiano descorche de buenos vinos, imprescindible materia prima de la literatura; creyéndole de buena fe, estar él cercano el final de las correcciones, de esas mencionadas novelas, ensayos, antologías poéticas, piezas teatrales, guiones cinematográficos, zambas y chacareras; hasta ha sugerido sambas, ponencias y semblanzas biográficas; correspondiendo, como lo hacen el porte y la voz divinales, hasta caer en la cuenta que Odiseo Torres para nada es vago en imaginar y bosquejar, lo es solo para transcribir, para poner orden a todo eso que lleva encima, toda esa literatura en potencia que es todo su ser, especie de biblioteca ambulante de ojos enrojecidos de emoción, todo el cúmulo de asociaciones, de ideas, de sueños y anhelos, incluso sugiere recuerdos, a partir de esta su última excusa, la reencarnación, con la que tiene preocupados a sus amigos, acerca de la condición de excarcelables de sus consumos, a la miope visión de la justicia penal, tumores cerebrales, o incluso, cosas aun peores.
Es proclive a caer en severos y anunciados ataques de ira funesta, al igual que aquel otro Odiseo, en muy puntuales casos. Solo por nombrar algunos, el dictado erróneo de los dioses en los números de la lotería, la incomprensión de sus chistes mas elaborados, la flojera o poca hombría -poquitud testicular, mas precisamente- de sus cercanos, en auxiliarlo con su elaborado e infalible plan del boquete bancario y finalmente, la palabra trabajo y su larga lista de sinónimos.
Sospecha, cierto origen congénito de tal ira funesta, heredado un antepasado consanguíneo, femenino, por esos pueblos polvorientos y calurosos del centro de Santa Fe, en segundo o tercer grado, de apellido Funes, pero de escasa memoria.
Esa posición de bardo eterno, ese andar legislativo, ese porte de boxeador retirado, le otorgaron -en mas de una oportunidad- sonrientes y gentiles damas que lo alojaron, cual Circe y sus brebajes al otro héroe -al viajero incansable- auxiliándolo en esa vital necesidad de posdatar, hasta el máximo posible, el día de su ingreso al mundo laboral. A la clase activa -al decir de los economistas-, al mundo adulto -al decir de los psicólogos-, a la realidad verdadera -al decir de los seis mil millones de habitantes del planeta- Preferimos decir, con Rómulo, el esteta: a la máquina, en definitiva. Si hasta es casi visible y escuchable la respuesta del deiforme Odiseo ante una supuesta consulta:
“Si, voy a trabajar de...” ¡Esta voy a trabajar!
Nunca, ninguna de aquellas encomiables damas -muchas- expresó malestar alguno por la falta de jornada laboral del héroe, todas aceptaron su condición de rara avis, puesto que sabemos no existe traición en quien avisa. Cobijar a Odiseo presumiendo que trabajará para colaborar con la manutención del hogar, cuenta con la misma ingenuidad del votante compañero peronista, que sinceramente cree que “lucharán contra la corrupción”.
De la ingenuidad a la pelotudez, se camina por un sendero muy estrecho, en el que nunca sabemos donde está apoyado cada pie, pero siempre obra un elemento de la sensibilidad anímica que nubla el juicio.
Amonestar al deiforme Odiseo por la falta de empleo u ocupación remunerada, es de resultas tan incoherente como reclamarle un pote de dulce de leche a un cajero automático, pedirle contenidos a la televisión o encerar un chancho. Tareas posibles, pero de inutilidad ínsita.
Nada es tan terrible, en la vida de los héroes, como adquirir, no sin pocos esfuerzos, el calificativo de locos y no ejercer, no corresponder a tal dignidad; sabemos lo que le ocurrió al señor Quijada o Quexada en el segundo libro de sus historias. Todos nos debemos a un guión, a un arquetipo, a un Rol. El caballero andante, el sacador de gordas a bailar, el místico, la empartuzada. La doctrina moderna llama a esto: Fidelidad a un estilo.
El último argumento entre los miles que Odiseo encontró para justificar su negativa a trabajar, fue algún pasaje de antiguas doctrinas védicas, sobre la reencarnación.
Todo individuo, sostiene esta doctrina, ha pasado por innumerables vidas, hasta llegar a la actual, conforme a un plan divino y ese comportamiento, o se eleva a una instancia superior, o repite segundo grado -como en la primaria-, o regresa cuatro casilleros -como la perinola- convertido en gallina. La idea era corresponder a un ideal a alcanzar, sin dañar mucho al prójimo.
En el PRODE, se conocía esto como: local, empate o visitante.
Huelga agregar, que la opción ideal sería la que aplicó el alopécico Vladimir Illich Ulianov en el “¿Que Hacer?”, graficándolo como: “Dos pasos para adelante, uno para atrás”, en franca oposición a la de Fidel al decir “ni un paso atrás, ni para tomar envión”.
Los sabios vedas, les llamaron arquetipos a esos ideales a los que correspondemos, que vendría a ser algo así como una especie de pilcha, que nos probamos y nos gusta. El poder y la riqueza, como en la vida real, otorgarían privilegios de elección en ese shopping de arquetipos. Ello probaría el porqué de la inexistencia de excéntricos pobres.
Odiseo, en alguna de aquellas vidas, asegura haber sido genio, en la otra, vagabundo, en una pretor del emperador Trajano, en la siguiente agente publicitario, cornudo, en la Dublín de principios del siglo XX, en otra, escritor parisino, que es casi argentino, persiguiendo a un saxofonista.
Cuando el individuo visualiza internamente lo que busca, cuando se tiene claro el objetivo; termina, tarde o temprano, dando con alguna teoría que lo auxilie, aunque esta búsqueda lleve varios años. Décadas tal vez. Basta saber a ciencia cierta que pretendemos argumentar. Si suponemos que quien no sepa lo que busca, no sabrá que hacer con lo que encuentra; bien podemos argumentar que quien sepa perfectamente lo que busca, encontrará siempre argumentos que lo auxilien.
Odiseo Torres, igual a un dios, sostiene que en algunas vidas anteriores -al parecer, muchas- fatigó miles de trabajos en el lento paso de los siglos, todos teñidos de un conocido color, del blaquinegro del papel de los libros leídos. Todos los trabajos que sostiene haber realizado, al igual que Heracles, conservan un marcado tinte novelesco. En su caso, en vez de secársele el cerebro como al quijote, se le incrementaron las facultades cognitivas.
Jura haber encorvado la espalda durante años, como esclavo en un trirreme romano, habiendo sido antes príncipe; en su siguiente vida, haber cabalgado las congeladas estepas, cargando nuevas al Zar Pedro; haber sido prisionero de los turcos y escrito una novela de caballería en las mazmorras, una boludez para matar el tiempo, justo una vida antes de convertirse en prostituta china, haber trabajado también para el nefasto MI6 británico en Cuba, en la época de la crisis de los misiles, un cantinflas que garabateaba aspiradoras y los hacía pasar por emplazamientos de misiles continentales. Asegura haber sido una hermosa espía francesa, en la primera gran guerra, haberse bañado y depilado poco.
Poco demoran sus interlocutores, haciendo un pequeño alto entre las carcajadas lacrimosas, en consultarlo para que diga si sabe, a partir de su ex condición de mujer, el monto de placer, en uno y otro caso, y detalles escatológicos en extremo. Y ante la consulta sobre quien disfruta mas en los menesteres del amor, leimotiv de la requisitoria, contestó “mas que seguro que la mujer”, pero que el hombre tiene otras ventajas, como orinar de parado o que le sientan mejor las canas, los tropiezos nocturnos y el alcohol, como si prendas de vestir fueran estos últimos. Posiblemente, el alcohol lo sea, al provenir del exterior de uno mismo, mas las canas, son un producto secundario de la voluntad. El niño, realiza tal esfuerzo volitivo, en pos de la adultez, que muy a menudo, se le va la mano con las ganas y queda blanco o pelado o arrugado, demasiado temprano.
Cuestión esta del placer de los sexos en las que fallara en una vida anterior, pero que pronunciadas esas airadas palabras por parte del deiforme Odiseo Torres, que en aquellos días se llamaba Tiresias, materializose una tal Hera, tan linda que era; le ordenó que se quedara ciego, pero el marido, el pinchadito ese, permitió que tuviera otro tipo de visiones -No, nada que ver con ingestas tóxicas-, porque no se con que cosas salió de los rayos y los truenos de este pinchadito Zeus, que era marido de Hera, que ya no era lo que era, ahora, en esta y no en aquella era, por eso el marido, le daba a todo lo que al paso le saliera.
Odiseo, asegura también haber sido sacerdote chupandín en México, durante la revolución. La condición de nuevos a las mesas donde sesionaba el nutrido grupo, hacía que siempre algún desprevenido consultara sobre las védicas escrituras, y la teoría de la reencarnación, los plagios de la mitología judeocristiana a otras, en particular la que le daba al divinal Odiseo, tal capacidad de inventiva mas que memoria, llegando, tal vez producto de la alegría por la ocurrencia, o el alcohol, o ambas, de sugerir entre carcajadas, haber piloteado una nave intergaláctica para un grupo guerrillero, pero ya en otro planeta y en el futuro.
-Tienen que ser vidas pasadas -Sugirió Sisoco, voz de su conciencia, ávido lector y cinéfilo- para no abandonar la credibilidad del oyente-
-Gran estima tenía yo de su juicio, mi buen Sancho -Dice Odiseo- mas lo noto algo quedo últimamente, posiblemente debido a la falta de la gracia femenina en su derredor-
-¿Qué tienen que ver las minas, con que quieras mandar una vida pasada que ocurre en el futuro? -Sisoco envalentonado por el alcohol de aquella vez, moja sin querer la oreja del par, amigo, confidente y compadre, o compadrito-
-Por la imperiosa necesidad de la ternura, la mentira del arte no es nada sin el candor del público, candor que solo se logra con el amor, que incluye todas sus letras-
-Me responde esto -Agregó Sisoco aquella vez, ante el público de muñecos de trapo en que se habían convertido todos alrededor, en la contienda intelectual con su par, amigo, confidente -Y tiene un cuatro. Continúe Torres-
-¿Y la pregunta? -Odiseo abre demasiado los ojos y los brazos, solicitando auxilio olímpico para la comprensión, de parte de Tiresias, Hera o Zeus-
-La pregunta ya estaba desde antes, solo quería recordar el placer del lugar, de ese lugar de la mesa en que se dice “vuelva en marzo” -Y sonríe Sisoco-
-Interesante tema de discusión la perversión, pero estábamos en la vida futura que puede ocurrir en el pasado, gracias a la predisposición, a la mentira del arte -Ya sin aliento, Odiseo, suelta breves arranques de ira-
-¡Mirá por donde andábamos! -Suelta al fin Sisoco- Loco, sin un mínimo de coherencia no hay diálogo-
-¡Si sos vos el que pregunta y después se olvida! El arte requiere de cierta flacidez anímica, para poder ser permeable a la mentira, candor que se pierde, cada vez nuestro asombro encuentra umbrales mas altos que transponer -Sugiere el divinal Odiseo con los ojos abiertos de par en par, tal vez visualizando un portento o un marciano, o un marciano portentoso-
-¿Mirá vos que interesante manera de verlo?, lástima que lo haya escrito antes Todorov, creo -Responde el poco fabulador Sisoco García, probo en extremo-
-Fijate que cuando éramos pibes, nos comíamos la historia de que Tarzán se embarcaba en una liana en Nigeria y desembarcaba en Costa de Marfil, como si nada, mientras que ese cerebrito de diez años, le buscaba la vuelta para entender de donde estaban agarradas las lianas -Simula Odiseo, señala puntos en lo alto, donde supuestamente están adheridas las lianas, visualiza, al tiempo que huele la humedad de las hojas podridas en el suelo-
Existe esa necesidad de apartar unos segundos las leyes de la física, para entender que ese brazo que le injertan al tipo, es de acero y puede levantar una tonelada, pero que no se pregunte porqué el cuerpo, que sigue siendo de carne y hueso, soporta también esa tonelada, por tentadora que resulte la falacia, siempre el niño escarba un poco mas allá.
-Es parte de la gran mentira -Hipa Sisoco, vislumbrando parte de aquella selva en su infantil sistema cognitivo -Vamos a terminar agradeciéndole a la máquina que nos mienta, así gozamos del arte-
-Y -Continúa Odiseo- No estamos lejos de eso-
Por todo lo expuesto por Odiseo respecto de sus fatigas en vidas anteriores, sostenía honestamente, le fueran perdonadas las escasas intenciones de hacerlo en la actual.
Parece ser, que le tomó miedo a las responsabilidades, según sostiene, al mando de cierto barco cargado de penitentes a La Meca, que abandonara a su suerte en alta mar de manera deshonrosa, culpa con la que cargo toda esa vida, hasta que murió y resucito en otro cuerpo.
Nunca le faltan argumentos al majestuoso y poco industrioso Odiseo Torres, menos aún cuando hay que justificar el vacío en el curriculum vitae, justo en el sector donde se sugiere incluir: antecedentes laborales. Todo argumento es útil, aún los dudosos o extraños a la fe de sus padres, que llegan desde el hinduismo y la transmigración de las almas.
A partir de estas premisas, trae otras, siempre con el auxilio de la lógica y el discurso.
Se había servido antes de extrañas doctrinas religiosas, en apoyo de sus escasas intenciones de trabajar, sin embargo, esta era la que mas lo entusiasmaba. Continuamente le permitía narrar hechos pasados, vividos en carne propia, inmejorable frente a doctrinas que pregonan el ascetismo, o el continuo despojo de bienes, aquellas escuelas del nacimiento del cristianismo que devienen en la nueva escuela del linyerismo; a la que viérase él empujado en no una sola ocasión, de la que fuera rescatado por alguna dama, camino a su trabajo, en no pocas ocasiones también. Conociendo al deiforme Odiseo, su fecundidad en ardides y recordando que ya lo había hecho en alguna vida anterior, no es de extrañar que fuera un disfraz que conmoviera el alma de la rescatadora. No de otra forma, ingresó al divinal palacio, aquella vez, cuando tenía que masacrar a los pretendientes de su reina Penélope.
Si aceptamos la existencia de meses sabáticos, o años sabáticos, luego, bien pueden existir vidas sabáticas. Razones simples se anteponen a las complejas.
Odiseo concluye, de esta extraña manera que esta, la actual, es su vida sabática. Poco importa al divinal Odiseo Torres, fecundo en argumentos, que las fuentes de las que se vale, sean tan dispares como el hinduismo y el judaismo, lo mismo estalla la carcajada franca del héroe en reuniones cuando le es solicitado explicar los motivos por los cuales no trabaja.
Duración media del relato: dos horas y media.
Explicación de los trabajos realizados en vidas anteriores: de cuarenta y ocho a setenta y dos horas, de existir alcohol en cantidad suficiente, hasta que este se termine. De los temas preferidos, el mejor.
En la labor de hacer creer sus dichos a los demás, terminaba creyéndolos él mismo, asegurando nombres propios por los que era nombrado, imágenes observadas, sonidos y lenguas con las que nombraba y era nombrado; premios obtenidos, altos honores merecidos y hasta heridas de guerra cicatrizadas, acompañado de apertura de camisa, señalándola “Siracusa, trescientos venitidos AC, asedio griego”, la aspereza de su tintosa voz, agrega veracidad al dolor que expresan sus ojos.
Acusa, a menudo, dolores reflejos de viejos palos bien ganados, en las ventas de cierto desierto español, por la testarudez de confundir los molinos o las ovejas, pero no con guerreros de época, sino con clones del imperio y pistolas de rayos. Pa confundir, confundamos bien.
Recorre, a partir de ello, conforme su ánimo se lo pide -o en su defecto, el estómago- los diferentes domicilios de viejos y numerosos amores, reducidos a la categoría de amistad, con palabras que ya no convencen, pero que aun alegran los corazones por esa magia que llamamos recuerdo, el re-cordi, bucle recursivo, volver a hacer pasar por el cordi, el corazón, aquellas cosas que le modificaron el ritmo, o lo cortaron por un instante.
Llama, fiel a una regla inquebrantable, a todas aquellas hospedadoras por igual: Penélope. Pocas, tal vez ninguna interpreta en ello una licencia poética, y no el vil recurso de evitar así equívocos en los nombres propios, mucho mas eficaz y bello estéticamente que los pueriles: “amor”, “bichi” o los patéticos neologismos: “darlyng” o “gor”.
Y bien sabemos amigos, que en la utilización del verbo, nadie como Odiseo Torres, igual a un dios. Sustantivos y adjetivos, corren la misma suerte. Escasas son las veces que no se le ofrezca cobijo al hombre de vinosa voz, o ligeras viandas, o metálico para continuar su viaje -y que este acepte-, ya que de eso se trata, no pueden retenerlo los amores, no fue hecho para quedarse. Pregúntale sino a Circe, hijo mío.
-Prefiero el camino a la posada, mis buenos y fieles amigos -Suelta la gutural arenga al aire y pareciera enflaquecer al lado del rocín escuálido y el galgo corredor, adarga al brazo, saliendo a enderezar entuertos, o socorrer viudas y doncellas-
No pocas son las ocasiones en que el metálico le es entregado con el solo cometido de quitárselo de encima, pero son aquellas que el mismo héroe, ya con tristeza en la voz, reconoce:
-¡No tendría que haber venido!-
Entreteniéndose, luego de soltar la oración, no sobre el contenido de fondo de la frase, sino sobre la forma de expresarse de su pensamiento, que demoran cierto tiempo en su intelecto, quitando comas, corrigiendo tiempo verbal, cambiando conjugación y dudas. La belleza siempre se encuentra en el formato. No pocas son las veces que el como se antepone al que.
-¿Hube venido, en lugar de húbeme quedado? -Piensa, imagina, visualiza letras en su parecer y su corazón, que retorna a la alegría-
-¿Porqué no lisa y llanamente vine? ¿O vino? ¡No, vino no! Cerveza, si puede ser, en virtud de la hora del día. De ser así... ¿Si hubiera un quesito para acompañar a modo de sólidos, sil vous plais?
Quien dice... un salamín, tal vez, o algo de ayer para calentar.
Si son papas fritas, bien tolerarían el peso de un par de huevitos cascados o revueltos, por sobre el lomo formado por la cumbre, a modo de nieve. Grande sería, de ser así, en mi corazón su recuerdo, mi reina y señora. Lo observa Shakespeare desde una nube, frunce el ceño, nos mira y ejercita movimientos negativos con la calva y genial cabeza.
El divinal sanvicentélida es afecto a la apertura de heladeras, sin anteponer la mágica palabra “permiso”, en arcaicas confianzas hogareñas, suelta luego de una rápida inspección escópica despreocupada y alegremente, oscuras intenciones de ingerir las menudencias reservadas al can de la casa:
-Este pucherito, que observo guardaste para el Willy, noto que no lleva allí muchos días, de allí colijo su comestibiliad inmediata -Odiado can el apodado Willy, duda el héroe si guardaste o has guardado- ¿Aprobaría usted, mi Penélope, que toleraría una recalentada en el micro hondas a estribor de la mesada?
La mencionada reina asiente, mira a lo que asume con naturalidad su estribor y abre el microhondas para recalentarle eso que estuvo a mitad de camino entre panaché y puchero, lo que resultará en complicadas contabilidades en las lectoras mentes, sobre los contenidos de unos y otros platos, dependiendo, principalmente, de la geografía de su niñez, algo que normalmen ocurre también con los locros.
El Willy, pertenece a la cada vez mas amplia casta de los canes aerotransportados.
Terrible época, esta de canes a upa en la vía pública. Una de sus ex-Mireinas, contaba con la maternidad de un perro con delirios de gato, que ejercía subiéndose upa de ella y pretendido repetir dicha actividad, sobre los pantalones del divinal Odiseo Torres, un agravante, tal vez el peor, era el no corresponder su raza a la categoría de caniche, sino a la de pastor inglés, lo que hacía peligrar dos cosas, la vida del pobre animal -por un lado-, y el futuro cercano del semidiós durmiendo bajo techo -por otro-, en un mismo y solo acto, al dar cumplimiento este último, solo el diez por ciento de la cantidad de torturas y muertes que imagina hacer al animal.
Alguna misteriosa magia hace que lleguen a oídos del semidiós noticias de nuevos fracasos afectivos, y posteriores abandonos de sus Penélopes.
-¡Qué jodido está el mercado afectivo! -Lee en voz alta en periódico prestado o hurtado, en algún bar, ante la mirada desaprobatoria de algún individuo de traje gris. Para nada está observando en ingreso de vacunos en Liniers, ni la suba de los boden, o la crisis de la bolsa de Sao Paulo; lo único que observa el divinal Odiseo en el periódico, son los números de las quinielas y cierto rubro de los clasificados, a los que denomina “mercado afectivo”, pero solo por con ojos de crítico literario.
Se observan a diario, en el (sic)diario, notable inventiva, precisamente en ese rubro.
Cierta vez leyó “profesora de ortografía y lengua” y fue altamente grata su carcajada en medio del bar con gente seria, inmediaciones de tribunales, donde simula -con singular éxito- pertenecer a la noble estirpe de las gentes del Areópago.
Husmea por nuevos desencuentros de sus Penélopes, que le otorguen mejor plafón para el aterrizaje, al decir de la aeronavegación comercial. Prefigura maniobras de descenso, cabeceras de pista, analiza las rutas de acceso, planifica hora estimada de arribo y como en dicha aeronavegación, nada está librado al azar, todos los procedimientos están normalizados y se cumplen a pie juntillas. Repite en voz alta el checklist del plan a su yo sensible, observa la hora en los relojes de los quioscos, trata de recordar y a veces incluso recuerda las mecánicas costumbres de aquella. Detiene su andar deiforme y adquiere el chocolate enternecedor de corazones, piensa. ¡Ah! Ya volvió de Tribunales. No, no creo. A esta hora está poniendo la ropa a lavar. Ahora llama por teléfono a alguien, después enciende una tuca.
Decide esperar diez minutos mas, tal vez veinte, para que el humo, obre su pequeño y mágico milagro terapéutico.
Recuerda, los chocolates casi siempre son ablandadores de corazones, desde que alguna lo conminara, después de meses de comercio carnal con la frase: “¡Boludo, me gustan los chocolates!”, hasta aquella otra que, ante la sonrisa del héroe mostrando la misma golosina, soltara la queja opuesta: “¿Sos boludo, o no ves los granos?”.
Si bien el señor sugirió amarlas, no entenderlas; también nos entregó -en teoría- suficiente discernimiento, perentorio a la hora de armar planes puntuales, no aplicar el mismo esquema de juego en todos los partidos, regla mas vieja que hacer pis en los portones.
Permite en todos los casos, que sea el tiempo quien obre aquel conocido milagro terapéutico en el alma de la abandonada nuevamente, o expulsadora -como fue siempre su caso- Luego, planifica, se argumenta a si mismo, imagina recordar alguna fecha. Cualquiera. Muchas son las ocasiones en que inventa la mentada fecha, haciéndola coincidir con el día en curso, algo relacionado con él, de harto difícil verificación empírica, que esgrimirá a la hora de estirar la mano portadora del chocolate desde el bolsillo del bleiser cruzado.
-Fuimos al barcito de la veintisiete y comimos pizza ese día, me acuerdo porque había ganado Racing, y estaba lleno de hinchas, había un gordo que le decíamos... -Prepara, acomoda palabras, atisbos de lágrimas en los ojos-
Sabe perfectamente cuanto carecen de importancia las fechas en si, importa lo que ellas traen consigo, lo que anudan, lo que generan. O generaron, o debieron haber generado. Duda nuevamente el deiforme Odiseo, en este caso, de los tiempos verbales a utilizar, o lo que significan, o debieran significar, o haber significado, a la verbicompuesta usanza del noroeste patrio.
¡Uh! Hablando de significados, o de signos: ¿O de que signo? ¿Signo de pregunta? ¡No boludo! ¿De que signo del zodíaco era la mina esta? ¡Qué se yo, ni me acuerdo el nombre, me voy a acordar del signo!
Nunca nada en Tucumán fue simplemente, todo ha sido, como si interviniera una segunda instancia en la realidad, un quiebre o desdoblamiento. Todo pareciera indicar que mas interesante, un detenerse antes de la acción final, como en los penales con amague, la acción debe ser una, misma y continua, pero termina desdoblándose en dos momentos, como si hubiera dos divinidades controlando la realidad y no solo una, conocido como maniqueísmo.
¿De que signo era -o había sido- esta loca? Era Tucumana, de ahí la asociación. ¡NO! Santiagueña. Es casi lo mismo, Deán Funes para arriba es todo Tucumán. La edad trae consigo, entre las muchas beldades, cierta curiosa capacidad de síntesis, de amalgamar aquello que es similar, categorizar globalmente. ¿Que importancia puede tener que sea Tucumán o Santiago del Estero al momento del recuerdo? Si lo que hay que recordar es su contorno a contraluz, aquella desnudez de living con los viejos durmiendo la siesta. Siesta santiagueña... o tucumana.
Para Odiseo Torres, a la usanza de las gentes de la primera mitad del siglo XX, Europa está habitada por rusos, turcos y gringos. Sabe perfectamente, conoce el mapa de Europa al dedillo, cual si lo hubiera habitado.
Y conforme su creencia sobre la reencarnación, probable es que la haya habitado. Le divierte agrupar la gente en raras, amplias y antojadizas categorías. Los alemanes, suizos o ingleses, son literalmente gringos. De Polonia para allá -señala con la derecha hacia el final de la sala- son todos rusos, no cabe duda alguna, como los turcos, está claro que desde los Balcanes hasta la India son todos turcos. El problema se presenta en casos puntuales como España. Duda de armar una nueva categoría. No ya está, ya se eligió, ahora a bancársela a morir. España es algo turca y algo gringa, por aquello del Cid y la expulsión del califato y todo eso.
O un islote turco en la gringada. ¡Excelente! ¡Se copia, queda!
Tucumana, iuris tantum, hasta que se pruebe lo contrario. Cuando se enfrente a ella, se verá. Nunca anticipa problemas Odiseo, confía ciegamente en encontrar solución, verá el formato para afirmar o consultar elementos que indiquen, en algún momento de la charla, el origen de ella y no andar pifiando, formatos hay miles: “¿Que hiciste el fin de semana largo?” o algo así.
Nunca mala sangre a cuenta del porvenir, eso es para los ansiosos. Odiseo, al confiar tanto en el poder de la voluntad, no tiene ansiedad. Solo llegan a ese punto quienes no desean nada, o no saben desear con fervor, Odiseo sabe que si desea, con suficientes ganas, se cumple.
Porque es claro que si era acuariana, hay que entrarle distinto que a las taurinas o las... La duda es el motor de ser del héroe.
Otro de los combustibles que lo impulsan sobre el orbe, no de menor importancia, es el asombro, que es como llevar un as sobre los hombros. Tanto un as de espadas en el hombro, como al varón Von Richtoffel, as de la primera guerra, otro tipo de as, como si hubiera ganado el Bayer Munich y el piloto fuera arquero, pero en ese caso, sería un as de los tres palos. El palo de la baraja. La baraja del as.
-Uh, cierto que esta loca era de Leo. ¡Que duro que va a estar! -Piensa sin abandonar el plan inicial de: a) comer de arriba, b) ducha y c) posibilidad de siesta, que de darse contempla, y contiene y es condición sine quanon de d) sesión mínima de sexo-
Va recorriendo visualmente las inmediaciones del palacio de su ex-mireina, imaginando, soñando, absorbiendo eso que debería ser alegría de verla, a esta le gustaba cuando decía “arrojar algo a la sentina” que lo saqué de... ¿Quién?. ¿O era a la de Tauro? Si, se reía mucho cuando decía... no, no era eso, era la imitación de Cavalho o Rico, que a Sisoco le salía mejor, pero no da llamarlo ahora para que... ¿Bah, no se?. Ya su alma tiene deseos de verla, llegan casos extremos en que ello ocurre.
Abandona todo intento de aproximación física, si observa dejos de tristeza en los rostros, debidos al nuevo abandono, pasaron ya hace mucho, sus años de "escuchante gratuito".
Nunca transcurre mucho tiempo antes de escuchar la esperada oferta.
Pasado el protocolo inicial, la dura prueba del ingreso, del “pasá”, luego de las sonrisas primeras y la puesta al día de "que hacen los chicos" y "por donde anduviste" o "hijo de puta, te llevaste el libro que había sido de Cortazar", “¿cual, Rayuela?”, “No pelotudo, Rayuelas te compro una caja, el que era de Julio Cortazar, el que estaba en su departamento cuando murió”, “No mi reina” DANGER, incremento en las variables que hagan peligrar los esperables lugares comunes de siempre, aquellos de "¿No querés darte una duchita?", o "¿Comiste ya?", o "¿Cuanto calzabas vos?, porque Alberto dejó muchas cosas, hay unos zapatos..." a lo que el divinal, igual a un dios, contesta con regularidad y sin dejos de malsano orgullo:
-Cuarenta y dos, pero hasta treinta y nueve, soporto el dolor con el estoicismo de un hincha de Racing, una semana, después ya se agrandaron-
Más de sesenta años sin trabajar, un verdadero Gynnes, es una posición que no abandonará por nada del mundo, menos por el nimio detalle de usar zapatos que correspondan a su talla, adquiridos con dineros bien habidos. ¡Si, JA, no me digas! o ¡Esperame ahí, sentado que ya vengo!
Navega Odiseo el gris mar del asfalto urbano, nubes oscuras imagina desde babor trayéndole una brisa amigable, tal vez los ecos de los aromas de la patria, la tierra de los padres, la proa firme apuntando a la oficina de su amigo, Sisoco García, y el Leprosario.
Sabedor como pocos de verdades ocultas a los mortales, pesada carga sin duda, la magia no ocurre para quien no se predispone, en la confianza que va a ocurrir, por merecimientos, por corresponder a la categoría de semidios.
Quien no husmea el olor del café, aquellos que no se detienen y piensan en ello; nunca recordarán esa tarde fría en que ella o él apareciera, o se fuera.
No repetirá el individuo en su ánimo, los segundos mas intensos de su vida, no aparecerán zambas en sus sienes, ni cuentos, ni imaginará que ella haya soltado al pasar -de verdad o imaginariamente, ya que no importa mucho- "Llévame a un mundo de colores claros" o "Cruzá el Atlántico a nado y traeme de Sicilia helado de tiramisú" colando en la sonrisa inmediatamente, como si estuviera largando una carrera: "¡YA!" o "Porqué me dan ganas de llorar de alegría cuando te miro venir, y de tristeza cuando te vas". Y hasta es posible que eso sea cierto. ¿Porqué no?
Indudablemente, la realidad que le pinta la ciudad a Odiseo, en su navegación hacia la oficina de su amigo, no es lo que el mortal común observa, no hay semáforos, ni fétidos aromas, ni esa música.
¡Por los dioses que pueblan el Olimpo, esa música!
¿Puede alguien explicar, puesto de tiene que haber explicación al porqué de la búsqueda de la epilepsia? ¿Debe ser todo bailable? ¿Que enferma mente dirige esto?
Lo separan pocos metros y aún resuenan las palabras dichas y oídas, o imaginadas para decir y oír, o preparadas para decir y escuchar, ya que el héroe sostiene que va guionando su vida, escribiendo cosas que le para que le ocurran.
Hasta hay quienes le creen.
Los tiempos son otros tiempos, tal vez por eso. Hasta el tiempo rítmico de las zambas es otro, cuando las canta, mas eso responde a la métrica y metrónomos. Tampoco los tiempos narrativos, de esos que son como deberían ser, ni los de la ecuación de Einstein, que la materia es energía, conforme a la velocidad, si se la mira bien. Pero hay que saber mirar. Gente que mira sin ver, decía Vinicius que de física no creo que supiera demasiado, pero si de ver y escuchar, y de ingerir tóxicos.
Odiseo maneja sus tiempos y elige cuando volver a la narración, cuando dejar un lugar y aparecer en otro, según su ánimo se lo pida, no es capricho, ni maldad, es parte de su juego, de poder ser el mismo el que elige cuando. Muchos individuos andan por el orbe renegando de los roles y tiempos -el rol es el papel o guión que le toca cumplir, no el reloj suizo- estos individuos no saben que muchas veces, ese rol del cual parecen no poder escapar, es solo eso, palabras, palabras que les imponen, pero solo palabras de las que se puede tranquilamente escapar.
-El viernes cenamos con mamá y papá -Afirma la mujer al marido y el muere por imaginar que es una pregunta a la que puede responder NO, pero acepta-
-Saque las entradas para ver Enrique Iglesias el viernes -Muere por cagarse en la madre de Enrique Iglesias-
-El viernes vienen Pame y Edu a cenar -Siempre los viernes, piensa resignado, que me junto con la negrada a jugar al chupino y tomar cerveza, de que putísimo carajo puedo hablar con Pame y Edu-
Un día el buen hombre o buena mujer contesta:
-Hagamos una cosa, comprate una vida y manejala como vos quieras.
Da Odiseo Torres, finalmente con el frontis, frente a él -curiosidades del idioma- , con la descascarada fachada, luego del largo deambular, ingresa regalando la alegría de sus saludos a babor y estribor, algo de ella -la fachada- le recuerda a los templos que recorriera cuando era el otro Odiseo, tal vez debido al paso de Cronos y el poco amable trato que diera al edificio que cobija a su par, amigo y confidente.
El miedo al derrumbe, en nada lo intimida para que haga su ingreso, a peores lugares ha entrado, cuando el individuo es igual a un dios, todos los lugares son palacios, todo sánguche de mortadela es un manjar, toda cama es de acero si puede ser, con las sábanas de Holanda, y todo es verde, porque lo quiere verde.
Observa Odiseo eso que separa el público general del escritorio de Sisoco García, que no corresponde exactamente al sustantivo puerta, por aquello de significado y significante y los franceses habladores en extremo y raro.
Hay quienes sugieren que los dioses no se complacen en traer desdichas a los hombres, solo los incentivan con ellas para que tengan "motivos para cantar", creo que fue Homero, pero no Simpsons, ni Manzi, sino el otro, el anterior a todos esos.
Sisoco rayaba la felicidad en su puesto de trabajo, dado que por algún grueso error involuntario a la programación radial, se descargó en el éter Una chica en el cielo, vive en mi océano salvaje y trajo a la memoria de nuestro otro héroe -algo mas pequeño que el anterior- cierto o ciertos, contornos, cierta voz, o voces, la opinión del bardo brasileño sobre la mujer ideal, la condición grecolatina de su pecho, las clavículas y los puentes y la extraña sensación que si cerramos los ojos al abrirlos ella no estará allí con... todo eso que era ella, la quitadora del aliento, que vuelve en las estrofas de Divididos.
Eso siempre ocurre en el parecer del sensible hombre de letras, al escuchar Divididos.
Sisoco, el deiforme, cerró cierta vez los ojos y ella ya no estuvo allí. Inútilmente lleva años encerrando los ojos, mintiendo pestañeos, esperando que al abrirlos, ella se materialice nuevamente. Cierta música condiciona y renueva esas ganas, esas esperanzas.
-¿Que somos -sostiene Sisoco García- sino un atado de magras esperanzas? ¡Qué me vienen con carbono, oxígeno, hidrógeno, potenciales de acción y canales iónicos, puras mentiras del positivismo. El individuo no es otra cosa que pura y exclusivamente esperanza-
Las escasas y negligentes hormonas que deambulaban en el torrente sanguíneo del héroe, pugnaban por ser escuchadas, en vano, ya que Sisoco, siempre fue un correcto caballero, a los que la jurisprudencia reserva el feliz calificativo de comedores de mocos, se reactualizaron en el intelecto del héroe, auto reproches de yemas dactilares que se abstuvieron de contactar cinturas, contornos y labios que no bebieron sabores. O si, tal vez lo hicieron y se reprocha la abstención estoica de su continuación en el tiempo y la tristeza que trae el recuerdo, aunque algo de alegría, algo de no ser enteramente una tristeza, ya que se recrimina alegrarse, o una de cal y otra de arena, o un poco de cada. Hay quienes nunca tuvieron siquiera la esperanza de ello.
Los dioses segura y secretamente, envidian la alegría -o las tristezas, como en este caso- de los hombres, no por otro motivo pueden hacer deambular por las inmediaciones del la oficina de Sisoco, a ese que inicia maniobras de descenso y no otro espíritu afín, ese que inmediatamente asomó, tal vez invocado -como son los dioses- por el recuerdo de la mesa-puerta en la mente del "local", tal vez por la concurrencia del recuerdo de chicas en el cielo, tal vez por el estucado descascarado, cual si perteneciera a destruidos templos sicilianos o turcos, acullá do morara temporalmente el otro Odiseo, recorriendo el largo camino a su Itaca natal.
Advierte Sisoco, corrigiendo el foco de su mirada posada en el escritorio hacia el horizonte, primero el contorno, luego el rostro y el porte que aproximan por cabecera 31, correspondiendo por entero a los del Divinal Odiseo Torres.
Sobretodo de película policial en blanco y negro, un cigarrillo que cuasi delictivamente se rehúsa a ser abandonado en la vía pública, como bien obliga el indudable cartel del cigarrillo humeante con la tachadura rojioblicua; su incierto origen -el del cigarrillo como el del dueño-, el andar legislativo, el saludo intemporal de político en campaña, que regala a la concurrencia acompañado de su sonrisa y su voz. Corroboraría la percepción el divinal Sisoco García, luego, con otro sentido, el oído -ya que el ojo es proclive a jugarnos malas pasadas- al escuchar esa vinosa voz argumentar ante la él y la concurrencia toda, su público:
-Huyendo me encuentro del meteoro aquo, oh varón inigualado de estos lares, en la feliz búsqueda de un gentil donante de cafeínica infusión- y conatos de carcajada, autofestejándose la frase que vine masticando y corrigiendo desde no menos de dos cuadras atrás.
No puede Odiseo con sus vidas anteriores, sus lecturas anteriores, su dignidad de dios y soltar solamente un sencillo y escueto: "hola amigo. ¿Me invitás un café?", la dignidad le condiciona el habla, el rol le impone un estilo único e inigualable.
Avanza, lo anteceden, como anunciando su llegada, siempre unas letras.
La gran diestra de Odiseo envuelve una agenda negra, precedida de “El malestar en la cultura - S Freud ED siglo XXI", recientemente extraído -asumimos no del todo dolosamente- de biblioteca de alguna ex, libro este que aparenta ocultar de los ojos escrutadores, salvo el sector que incluye tipografía en mayúsculas, las del título, como al azar, pero bien sabemos que nada es al azar en la mente del polivivíparo Odiseo Torres. Nada tampoco es lo que pareciera a simple vista.
Magia esta, la de acarrear libros, que lleva perfeccionando durante años, tal vez décadas, y -aceptando su teoría de la reencarnación- tal vez siglos; con el simple objeto de generar conjeturas erróneas en su entorno, a su paso, al notar como los ojos de mujeres recorren furtivamente las letras por encima de sus dedos, y realizan un frenado involuntario, dejando escapar un tic inofensivo, que mucho dice al héroe, un movimiento de nariz apunto de estornudar, o cejas que parecieran empezar a titilar, o manos en ellas, que lo anoticien de la obtención del resultado, el llamado de atención.
¿Psicólogo? ¿Activista? ¿Anarquista? ¿Abogado? ¿Poeta? ¿Romántico? ¡Raro! ¡No, exéntrico! Y miles de hermosas asociaciones, consonantes con esos libros, que el divinal Odiseo, observa formarse en los rostros de aquellos que miran de frente los libros e inmediatamente a él, que alternan miradas a sus ojos y los libros que esgrime, esos que mantiene a modo de escudo.
Odiseo no utiliza ningún elemento de la realidad en su -aparente- utilidad ontológica unívoca, como ya vimos, un elemento cualquiera de su derredor, metamorfosea su única función hacia una realidad más rica en pareceres, o placeres que es casi lo mismo. Las cosas multiplican su utilidad conforme a la necesidad.
Las cosas no son de quien las posee, sino de quien las necesita, sugería el señor al que le decimos el señor; mientras que Odiseo mejora la frase al sugerir que: las cosas no son lo que parecen, sino varias cosas mas.
Los libros no escapan de esa regla de oro, en que el Divinal Odiseo Torres les multiplica utilidades como panes y peces.
Que mundo amargo sería, si los cuchillos de serruchito fueran solamente eso y no además destornilladores, pelacables, juguetes para niños, dardos de entretenimiento en bares, escarbadientes, señalador de libro, abrecartas, gúbias para escribir los puntos del chupino en mesas de bares, o puertas que después son mesas.
Aquellos, los libros, no solo le sirven de distracción de la realidad, sino también moran en sus brazos a modo de señuelo, conocedor de los vericuetos del alma humana como pocos, de la femenina principalmente, son como dulce de leche para atraer moscas. Los libros, no dejan de ser parte del vestuario de Odiseo, como en épocas remotas lo fueron los sombreros, las sombrillas, o las sombras.
La diestra siempre, siempre por incómodo que pueda parecer, horizontal sobre el pecho, protegiendo su cuerpo de la brutalidad y la entropía cultural, siempre, siempre, un libro en la diestra o siniestra de Odiseo, como niño en brazos, apunta hacia delante, para facilitar la lectura frontal del prójimo. Lo que otrora fueran escudos de varias capas de cuero, tachonadas de bronce, ahora son apiladas hojas de papel, no menor en calidad que el anterior escudo.
Nunca cualquier libro. Nunca, tampoco, uno adquirido con dineros bien habidos. Bien sabemos que Odiseo es capaz de leerlos completos en una tarde y olvidarlos en la mitad del tiempo, pero siempre rescata una frase, un dato, una imagen, un chusmerío mínimo con la que enaltece el alma de sus pares al comentarlos y socializar su deslumbramiento, el tamaño de su asombro. Hay descubrimientos que no pueden quedar en el individuo, deben repartirse. No otra cosa es un escritor, alguien que deslumbrado por una lectura, recomienda la misma a otros. No hay libros tan malos, dijo Odiseo en alguna vida anterior, cuando era el caballero de la triste figura, que no incluya algo bueno.
-¿Llueve? -Preguntó Sisoco con la economía de medios que lo siempre lo caracterizó, resumiendo lo escuchado, siempre mirándolo con su especial sonrisa- Hay una minita allá atrás que te marca-
Formósele inconscientemente, una delicada asociación en los frontales del local, de Sisoco García, un fugaz rayo asociado a la llovizna.
Congela la mirada, Sisoco, un par de grados por encima de los grandes hombros del semidiós de tez oscura y alopecia crónica, tratando de quitárselo de encima apuntando a un horizonte posterior a aquel, no verificando gotas en el sobretodo, pero sin notarlo de forma consciente.
Azimut y otras nociones vienen en su auxilio de su memoria.
-¡Coordenadas oficial!, coordenadas ¡urgente! -Requiere un semidiós al otro, con energía en la voz pero sin volumen, recordándole su fugaz paso en la Armada Argentina, hombres de mar, sin volver el rostro, aun-
La avenida de las Camelias, o la Fanfarria del Alto Perú, o alguna otra marcha suena algunos segundos, en uno de los cerebros implicados en el intercambio de órdenes marciales. O en ambos, dado que son amigos y algo de esas cosas ocurre siempre en los espíritus afines, por carácter transitivo.
Permanece Sisoco, meditando acerca de un solo detalle en todo el relato del divinal Odiseo. La falta de concordancia entre sus palabras y lo escuchado hasta el momento en la radio, o mejor dicho, la ausencia; no haber escuchado aún en la odiada radio la frase: “chaparrones aislados” en correspondencia directa con las palabras de su par, amigo, confidente y padrino, escapar del torrencial aguacero que sus palabras le traían. No distrae Sisoco mucho la atención a ese dato meteorológico, en si, sino en lo la llovizna es en alguien.
Figurósele al otro dios guareciéndose en ochavas, árboles y ocasionales paraguas de señoritas desprevenidas, aprovechando toda ocasión para charlas -llamado también o mas precisamente chamullo- con el sexo opuesto. Dejos de tristeza surcaron los parietales de Sisoco, sabiéndolo como lo sabe al otro, carente de mínimos e indispensables elementos de lo cubran, tanto materiales -paraguas o piloto- como carente de juicio, carente de efectivo para coches de alquiler, carente hasta del óbolo para Caronte.
Sisoco, varón sin mácula, se conduele de todas las almas, aún de aquellas, como la de su par Odiseo Torres, que no merecen la menor condolencia. Uno -piensa- no hace amigos por sus méritos, los hace porque alegran las almas, o las entristecen como en este caso. Si hiciéramos amigos por los méritos, solo charlaríamos con nuestro perro, porque la categoría amigos meritorios nos deja un sabor extremadamente insulso en el paladar, triste. Casi hasta pelotudos.
Nadie concurriría a un asado convocado por la asociación argentina de amigos meritorios, que nunca serán buenos amigos.
-Tan oscuras son las nubes que acerca el Noto, que pareciera están por desprenderse de la bóveda celeste, paquidermos de ojete -Dijo ya suelto de toda preocupación el divinal Odiseo, al desistir de la búsqueda de la tal señorita a sus espaldas, dando un brusco golpe de timón narrativo-
-¡No me digas! -Solicita gentilmente Sisoco, le sea negado ese punto de la realidad corriente, latiguillo este, harto frecuente en estas latitudes para el comienzo del diálogo, de dificultosa comprensión al neófito o al extranjero-
-No le digo, mi preciado amigo, si no le place a su alma, pero debería, en contrapartida, indicarme tal vez la vestimenta de la mortal que asegura usted, ha fijado su sensibilidad visual en mi, a cambio de modificarle el presente-
-¡Qué mina te va a mirar a VO, viejo ridículo! -Refunfuña Sisoco a su amigo entre risas que demoran en expresarse-
-No hay minita, no hay lluvia, listo -Odiseo cree firmemente que sus palabras provocan la realidad y no a la inversa- No hay negocio.
Por mucho menos que esto se ha encerrado gente, caprichos tal vez del sistema de salud, o simplemente una muestra mas de lo precaria que es nuestra condición de sueltos por oposición a guardados, categoría que omitimos analizar, por temor a mirar esa delicadísima línea que separa unos de otros.
No escuchó Odiseo un NO de parte de su amigo, que negara la invitación del café, por lo que, como en los juegos de naipes, ausencia de NO y continuar jugando aquivale a SI. Estimó le sería convidado el café requerido, en pago tal vez al excesivo énfasis verbal en la solicitud.
Poca importancia observó en el viento nombrado, si este escapaba del Euro, el Céfiro, o el Noto, si romano o griego, aquellos vientos son válidos en otras bóvedas, en otras latitudes y otros tiempos, el héroe igual a un dios, cuenta con la magra lectura homérica u horácica de sus interlocutores. Una lástima. Sabe que la efectividad estética, solo se presenta en el otro, cuando hay un código común. Su par, Sisoco, si conoce de clásicos, mas ningún otro para festejarle la ocurrencia.
Precavido es de nombrar al Euro, por distracciones que opera el vocablo en los intelectos humanos, producto de la molesta imagen del papel moneda, ese que ahora pareciera llevarse el viento. Alguno de aquellos vientos.
-¿Colombia te sugiere algo? -Pregunta Odiseo ante la demora del amigo, envuelto en pequeñeces laborales de las que dependen vidas posiblemente. Humanas incluso-
-Merca. ¿Que mas? FARC, Tirofijo, la minita Bentancourt, el Macondo de García Marquez -En la mitad de la enumeración asocia, con el café solicitado por su amigo, pero continúa por placer de verlo renegar-
-¿No viene a tu memoria el tal Juan Valdez y su burro? O mejor aún, tal vez, la carga de aquel insigne burro-
-El único burro que recuerdo es el del caminito i piedra -Demora ex profeso Sisoco la charla mientras levanta la derecha, en azimut por encima de los cuarenta y cinco grados standard del saludo nazi, pero sin llegar a la señal del tiro libre indirecto, tal es la perpendicular al horizonte artificial terráqueo, noventa grados-
Como observa nacer la sonrisa en el amigo, y pretende hacerle todavía costoso el café, simula saludo a algún transeúnte que saliera del edificio, ya visualizado por el mozo.
-¡Chau Culia... a tu herma...! -Asiente con la cabeza el saludo inexistente para que gire la cabeza Odiseo-
-¿Y el café? -Pregunta finalmente Odiseo- Boludo, me haces asustar -Al notar la familiar figura del joven asistente del bar aledaño, en el horizonte óptico cercano-
Alterna la mirada Odiseo ora a babor, otrora a estribor, verificando empíricamente las puntuales señales del amigo al mozo del barcito adyacente a la oficina pública, intercalando la V de la victoria, simbología usurpada por el justicialismo, pero indicando con ello que los cafés fueran dos, y luego la C en alfabeto sordomudo, que es sinónimo de café, pero ya en el idioma de los centros urbanos argentinos. Asiente el mozo y corrige Odiseo el mensaje con una tijera formada por índice y medio, en actitud cierre-apertura.
Uno que sea cortado.
Abusan infantilmente, a pesar de las seis y cuatro décadas respectivas de vida, de ese ensayo de comunicación, que va mas allá del mensaje y de la comunicación misma, es solo juego.
-¡Que seña hacé vó, che viejotario! -Recriminó el mozo cierta vez en que la C fue demasiado cerrada e incluyó al medio, el índice de la otra mano, rayando la escatológica seña-
-Es que te voy a pagar con euros, eso quería decirte, no era necesario que te molestes hasta acá -Sugiere Odiseo para risas de los compañeros de mesa-
Repetirá el chiste a lo largo de semanas, a razón de dos veces al día, hasta aceptar que es no solo de mal gusto, sino de dificultosa comprensión.
Extrae el invitado de café, un papel, doblado pacientemente del bolsillo lateral de su saco, ya que Odiseo, siempre viste elegantemente a la usanza de los abogados, simulando seriamente serlo, sostiene que tal atuendo aleja giles. Más de una vez ha soltado al aire provenir de tribunales, cuando la concurrencia es numerosa y/o nueva. Tarde o temprano es aludido como “tu amigo el abogado”, debiendo Sisoco rastrear en el pre consciente, vestigios de imágenes de amigos abogados, sin hallar coincidencias con los adjetivos que sueltan sus interlocutores, como "voz ronca", "calvicie", "gritón" o "hablar raro".
-Ah -Suelta Sisoco- Odiseo, si se puede decir que es un Vir Bonnus. Bah, en realidad no, pero es como si. ¿No le prestaste guita no? -Agrega temeroso al final-
Alisa Odiseo obsesivamente el papelito, observa para con él, un ritual demasiado pulcro que poco corresponde al resto de su vida, está escrito e impreso en computadora, indicando con ello, largo tiempo sentado en alguna PC de alguna ex, posiblemente durante las ocho horas de trabajo de ella, dejándolo al cuidado de niños; a cargo de la cocina, auxiliado por un montoncito de billetes chicos y la lógica pregunta: "¿Alcanza para que hagas algo de comer con esto?" Respondiéndole Odiseo que si, que siempre alcanza, siempre hace maravillas de comer a esos niños que solo comen hamburguesas y salchichas, que pueden o no contener porciones de su ADN, y le sobra algo de tiempo para escribir, algo para una ligera y reparadora siesta, para bañarse y realizar una llamada telefónica a su amigo poeta en Los Angeles, o Kiev, o Dublín, de esas breves, de las que pasan inadvertidas en la facturación del bimestre posterior.
El elefante solo puede pasar desapercibido en la manada de elefantes, argumenta siempre.
La virtud del demonio, es hacerle creer a la gilada que no existe. Una llamada de veinte minutos, es visible en la factura por burda, una de un par de minutos, pasa inadvertida, cree. Muchas de ellas lo saben. Posiblemente todas. Muchas veces las hace partícipes o cómplices de los pedidos a aquellos lejanos, que por excusas de viajes urgentes, operaciones, amputaciones, injertos capilares, pronta edición de antología poética, ofertas automovilísticas o fijas para la cuarta de Palermo; son siempre motivos para solicitar auxilio metálico al exterior, a la voz de “que son doscientos euros para vos”, una razón de peso tal, que pareciera a simple vista, no guarda mérito suficiente que legitime el pedido. ¡¿Porqué no?!
Agrega, conforme note que el discurso lo necesite el latiguillo: "culiado", o llegado casos extremos, el: "te olvidaste del vado de San Vicente" u otras referencias topológicas puntuales, para forzar el renacer de arcaicas ternuras, en aquellos oxidados corazones por la lejanía y por la legalidad que absorbieron de aquellos lugares tan grises. Aquellos billares, aquellas bicicletas, aquel fútbol barrial -tanto por el barrio como por el barro- o los bailes de los señores Gimenez o Rodrigo.
No se ha registrado a la fecha, un solo caso negativo -de los muchos- a dicho pedido de auxilio financiero al exterior, todo un record ginnes. Otro record para Odiseo.
Odiseo Torres carece de muchas cosas, excepto de amigos esparcidos bajo el sol hiperiónida. Se sugiere en el círculo de allegados, que algunos de estos, huyen de la cercanía del héroe y su variopinta cohorte, a solicitud de sus legítimas esposas.
Cumplido el ritual del alisado del papel y clareada la voz con auxilio del vaso de soda grande -ese que siempre es reclamado al mozo y que ya sabe debe traer- da comienzo a una explicación, que en lo ceremonial del tono de voz, indica a Sisoco va a distraerlo de la actividad laboral, esa de la que posiblemente dependan vidas, incluso humanas.
Desliza, como al pasar, Odiseo Torres -igual a un Dios- estar sumido en cierta actividad por el bien de la polis, que espera difundan en las radios, y hacer unos maravedíes de manos del erario público con tamaño beneficio obtenido. Reconoce no va a hacerse rico con esta actividad, pero no importa, para eso cuenta con otros planes.
Procede a leer los apuntes, sin más, sin solicitud de permiso previo.
Sostiene firmemente que llegado el caso y ser comprendido el mensaje, “algún concejal con dos dedos de frente” va a aprobar un proyecto para que le compren el formato, como a esos vivos que ahora patentan todo. Visualiza la venta en otras latitudes. Otros Idiomas. Otras necesidades y otras urgencias.
¿Viste que patentan hasta los sabores?
Esta patente va a ser sobre: "Lupita Torres de Almirón", una andaluza que regala consejos a la audiencia, a modo de copetes, antes de los comerciales radiales.

Urgido automovilista de la segunda fila del semáforo recientemente convertido al verde. ¿De verdad crees que pulsando mas de siete veces la bocina -o claxon-, la señora que tienes delante logrará poner la primera y apartarse del frente tuyo? ¿Fumaste o tomaste algo raro, eres cantor, poeta, o solamente imbécil? ¿Me crees si te digo que la pobre mujer tiene mas ganas de irse que tu? ¿Notaste que la diferencia de esperar y salir tranquilamente luego, no excede nunca los diez segundos? ¡Piensa hombre! ¡Joder!, aunque sea una sola vez en la vida. Quien dice que esa mujer te esté haciendo un bien agregándote unos minutos para llegar a tu casa, así el tío este que se dice tu amigo, logra ponerse toda la ropa, tu mujer arreglarse el pelo y que tu les creas -de verdad- que él te fue a visitar a ti. Fue un mensaje de la fundación para la armonía ciudadana. Muchas gracias.

Sonreído es por Anita, que es originalmente Ana, diminutivo debido a su escasa talla o simplemente por la candidez de su sonrisa, compañera del escritorio de la derecha de Sisoco, mas echa en falta la sonrisa correspondiente al amigo, su par, Sisoco, sujeto del mensaje, que se encuentra absorto -o sujeto- en un múltiple problema de idiomas e imposibilidad de giro monetario. Nota Odiseo -sin dejos de sano rencor- no haber sido del todo escuchado, la no materialización de la belleza estética de su frase, que solo cobra valor en su comprensión amplia, solo es, en su totalidad, no parcialmente. Porque está muy buena la idea de basurear al imbécil que toca la bocina, y está bien armada, y es original. Está muy seguro.
Anita procede luego a una actividad que repite con total normalidad a diario, varias veces.
Pretendiendo buscar, o buscando realmente algo en el monitor de la PC, enrula paciente e inconscientemente con el índice derecho, un pequeño mechón que descansa a la derecha de su rostro y lo coloca entre los labios, saborea, huele y observa sin ver, ni oler ni saborear, el mechón entre índice y pulgar. Suelta el mechón finalmente para repetir la operación unos minutos mas tarde, tal vez segundos, sin la menor intención de provocar algo en alguien, sin el menor conocimiento de ocasionales comentarios, sin mirada alguna que lo note.
Milagro que pasa inadvertido en la realidad, en la de todos. Una verdadera lástima.
Nadie sabe, nadie se entera que ese perfil ocurre, milagros que se pierden a diario en la realidad que es otra cosa. Urgida como parece estar la realidad, de seguir adelante, de llegar allá adelante donde está la máquina de picar boludos. Urgidos también los boludos de llegar. Alguien, hace unos meses miró pero no vio. Suele ocurrir a diario, gente que olha sin ver, como dice Vinicius.
Lo que ocurre es la realidad, esa maldita otra cosa mucho menos Muchá, mucho menos Vinicius, mucho menos Piazzolla, tan FMI o CIA o INDEC, tanto parámetro indexado que han hecho estos malnacidos con la realidad, esa caricatura berretizada del mundo que han dibujado para dolor de los seres sensibles, como el divinal Odiseo o su par Sisoco García, embellecedores del presente al uso de su palabra, que al nombrar, al asombrase y lagrimear con las imágenes, los sabores, los perfiles, los "perros que acaban de romper un jarrón", hacen de lo que ocurre, otra cosa, muy distinta, como si en los nuevos tiempos, estos sin sabor, donde abundan tantas prostitutas y tan pocas Estéfanis, tanto efecto especial y tan poco guión, tanta ley y tan poca justicia.
Sisoco, en su gran bondad, verdaderamente cree que no solo debe cumplir el ritual de concurrir al puesto de trabajo al igual que todo su entorno, sino que además cree que debe trabajar en ese sitio, justificando así la escasa paga. No son pocos los que afirman su condición de loco o pelutodo.
Cree firmemente en la obligación de ayudar al prójimo desoyendo que a nadie, repito, a nadie le importa lo que pasa en esa oficina, ni a los que trabajan, ni al jefe o jefes, ni al gremio que los cuida -o debería cuidar- ni el sistema de transporte, ni el gobierno de turno, convirtiéndose en raros especímenes, perros verdes, aquellos que sienten esa compulsión malsana a hacer las cosas como deberían ser. Grato es al alma sensible, imaginar un mundo donde las cosas fueran lo que deberían ser.
Imagina Sisoco, igual a un dios -solo que es igual a un dios pequeño- que si su par Faetón tuviera que habilitar el áureo carro con el que transporta a diario el sol, debería preguntar donde queda esta oficina, ya que olvidada está hasta de los mismos dioses que pueblan el Olimpo. E imagina que deambularía meses por pasillos averiguando -cual señor K, pero del K copado- por lugares extraños, con el sol a cuestas, sin salir por las mañanas, lo cual implicaría una noche continua y el crecimiento demográfico acorde a esa noche interminable.
Sisoco, continúa trabajando, por aquello de igual plantar el banano. ¿O era el manzano? Ya que alguien debe bailar con la fea, aunque sea a veces. Aunque sea todas las veces, como es su caso.
-Estuve trabajando… -Apenas alcanza a murmurar Odiseo y sin que pueda continuar este, Sisoco, varón insigne interrumpe escandalizado, levantando los ojos del teclado- sobre lo que va a ser…
Le llaman varón insigne, por omitir la producción de señas cuando juegan al chupino.
-¿Trabajar? -Sisoco, creyó que esta vez, la capacidad inventiva de Odiseo, sobrepasaba todo límite y suelta en unos decibeles más altos la voz pregunta- ¿Vos trabajar, Odiseo?
-No me dejas terminar… estuve trabajando, y denodadamente por cierto, en las estrofas finales, que me eran esquivas, de una hermosa chacarera, una que llevo meses sonándome Inter parietalis, reacias a emerger-
Dice y aguarda ansioso por guiños en la mirada de Sisoco, algún mínimo indicio de aceptación, la posibilidad de continuar el chiste y esperados guiños llegan, sabe que Sisoco dará un pié para que pise y de motivos de risa a la concurrencia, acepte ser emboscado, no en vano son amigos de toda una vida, puede darse el caso, que lo fueran en alguna vida anterior también.
Se sabe observado, se sabe objeto pasivo de miradas que fingen que no, lamentablemente, pocos son los ejemplares femeninos dignos de atención. Ninguno excepto Ana. Recordemos que a la mayoría de las habitantes del lugar les aguarda poco tiempo por jubilarse, y su única labor diaria es la compra y posterior consumo de criollitos.
-¡Guatefac!. ¿Qué chacarera? -Sisoco otorga a su par, la mirada franca de su curiosidad-
Sisoco, hombre de bondad extrema, pisó el palito, y otra vez la presa en la red.
-La partusera -Cuenta Odiseo, soltando ligeramente la risita, tarareando no melodía sino ritmo-
Tarareo correcto, manos al frente, garroteando un bombo inexistente, en concordancia a sonidos bucales y entrecerrado de ojos, correcto aun para su escasa calificación musical, algo rápido, corrigiendo golpes, acomodándolos al estilo del nuevo siglo, este en que los límites entre chacarera o reguetón o rock glam se tornan demasiado difusos. Toda la música pareciera tener que amoldarse a un nuevo canon, a efectos de ser, de sobrevivir, cierta obligatoriedad de movimiento, esquizoide sucesión de cuadros como en publicidades de gaseosa multinacional, ritmo bailable, de gritos en frenesí de droga dura.
-¡Ya tenías una zamba! -Amonesta Sisoco-
Baja aun mas el ritmo y el volumen, Sisoco comienza a experimentar una alegría que merece la erogación del café invitado, conato de paz en esa mañana de trabajo.
-¡Si, ahora que me acuerdo, tenías una zamba llamada así! -Notando tenues gotitas de transpiración en la magnánime calva del semidiós frente a él-
-¡No! -Responde encolerizado en extremo Odiseo- No, para nada lo mismo, no es lo mismo café que té, gordura que embarazo, habano que cigarrillo. No es lo mismo...
-No Odiseo -Responde Sisoco- -Por favor-
Mira a ambos lados buscando aprobación, no la encuentra. Los ojos de Anita, también sugieren un no sin decirlo.
Revuelve su interior, el divinal Odiseo Torres, en procura de dar internamente con esa zamba, o samba, o bossa anterior, con tal línea argumental, esgrime palabras mientras tanto, al estilo de los políticos, que dicen un montón de cosas sin decir nada, al tiempo que revuelve en el intelecto, en búsqueda de sentido.
No contaba el argandóñida Odiseo Torres, igual a un dios, con la diferencia cuantitativa y cualitativa de las memorias respectivas.
El por un lado, incapaz de recordar siquiera los cumpleaños de sus hijos, contra su par Sisoco García, toda una biblioteca caminante, una prodigiosa memoria de muchos gigas, en lo que a nombres, fechas y datos en general refiere. Sisoco, cuenta además, con la gran ventaja de las dos décadas de edad que los separan y no tantos datos para recordar como Odiseo, tantas ex, tantas narraciones ficticias, tantas lecturas, tanto viaje, posiblemente, producto de tantas vidas anteriores que jura haber tenido el deiforme sanvicentélida.
Ejercitan frecuentemente la memoria de Sisoco, aquellos a los que llama con el guarango eufemismo “culead people”, efemérides en el recuerdo de aquel.
-Hoy... dejame ver, diesicéis de Junio... Uh. ¡Terrible! Este día debería ser feriado para nosotros los ávidos de literatura. Es un día que pasó, pero que no pasó. Es el Bloomday-
Sisoco recuerda, además, todos los cumpleaños, aún el de aquellas señoritas -como la aludida en la chacarera o la zamba y motivara la creación-, con las que no tuvo comercio afectivo alguno, pero sobre el que si insiste su par, solo por darle alegría. Los hombres se aman de esta forma, difícil de explicar y fácil de entender.
-Si -Sonríe Sisoco recordando claramente- Si ya habías hecho una zamba sobre cierta señorita y sus partusas.
-¡No podés ser tan negligente con la labor intelectual ajena! Salta a la vista que no sos vos el que compone. La zamba era la Empartuzada -Agrega triunfal, habiendo encontrado un hilo conductor para la escapatoria digna-
Ya acomodó el discurso sin que nadie lo note, movió un alfil en línea recta y su par, tal vez no lo haya notado, encontró una salida, por un principio de la lógica de cabotaje: la realidad cede ante la voluntad. Lógica a la que adscribe el divinal Odiseo Torres.
-La partusera, nos trae algo que alude a un estilo de vida -Ya con visibles rasgos de su afamada ira funesta, movilizando brazos en forma de Y, y moviendo la cintura cual profesora de aeróbicos- Casi, casi una chacarera- Castañeteo de índices y pulgares incluido-
-Dejá de joder -Critica Sisoco riéndose del héroe, adivinando que ninguna de las dos piezas musicales, cuentan aun con un renglón de letra o de pentagrama- Cambiame el cuento, está bien que el café no corresponda al ideal platónico del café, pero ya que venís a chamullarme, ganátelo en buena ley-
-Que gran bardo se pierde este mundo. Cruel es la incomprensión, en el seno mismo del círculo fraterno. ¿Como solicitarlo al mundo luego? -Gesticula ya de pié, ya inmortal, ya héroe; la voz del sanvicentélida, igual a un dios, fecundo en ardides, mirando de costado a su amigo. Simula enojo, como delantero caído en área rival, seis décadas lleva perfeccionando la técnica de la simulación. Pocos le creen, al igual que a los delanteros en áreas rivales.
-¡Vos no te vas a morir! Sentate querés. Encima de ser un poema de escasa virtud, por no decir llanamente malo, lo hiciste para una amiga mía. ¿Como no querés que me acuerde? Lo tenías escrito en el cuaderno sin tapas-
Bueno, por lo menos uno de los poemas, pareciera tener entidad física, aunque sea un mínimo bosquejo a mano alzada. Nada sabemos de su música, al igual que los griegos, no quedan nomenclaturas de esas magias. Solo algo de una letra ya es un avance suficiente tratándose de Odiseo Torres, fecundo en ardides y esquivo a la labor física.
-La incomprensión -Repetía gesticulando histriónicamente Odiseo- Siempre los necios se conjuran contra el genio, es su sino y lo catalogas de malo, habiéndole dedicado cantidad de horas, para tu alegría.
-Si. La hiciste a la zamba, aceptalo directamente -En tono triunfal, Sisoco, esgrimiendo la sonrisa que mencionara ella, la aludida en la zamba- No voy a negarte un café, ni la amistad, pero no soy ninguna de tus ex para que me chamulles de esa manera-
-Ella, encima ella, la partusera, la que de vos dijera “¿hace falta además ser bello, siendo dueño de esa sonrisa?” y yo me puse a componerle en su honor, no se puede menos que retener esos momentos. Hay gentes que merecen sobradamente ser rescatada del olvido en forma de poema. Debemos honrarlos con nuestro recuerdo. Y decís que es malo.
-Pero bien que después, la turra esa, iba tras los bellos y no se quedaba conmigo y mi sonrisa-
-¡A fe mía! ¿Y porque te pensás que la titulé la empartuzada? -Responde Odiseo y continúa plagiando diálogos de personajes Shakespereanos- La fiesta, la juerga, la inútil pérdida de horas de la noche, puede que correspondan al mismo personaje en uno y otro caso, pero son actitudes filosóficas harto distintas, luego, son dos géneros musicales distintos, dos tiempos distintos para narrarlos, dos cadencias distintas para la canción-
Sisoco García, hombre de corazón y paciencias sin fronteras, escuchaba con estoicismo taoista, el argumento con el que el héroe, el otro héroe, trataba de remontar el resultado adverso en el campo de juego, tal es, haber hecho el mismo chiste dos veces. Sisoco, observaba trabajar el intelecto del contrario en donde mejor lo pone a prueba, en la actividad con la que no se le comparaba nunca nadie, en eso que llaman alegremente acomodar el discurso, sobre la nueva huella, por divertirse. Condimentar. Aderezar, que significa también enderezar.
Odiseo puede acomodar, a partir de aderezos, cualquier discurso.
“Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo” dice Aristóteles que dijo Pitágoras.
Odiseo sostiene que en el principio fue el verbo, y las cosas son al nombrarlas. Asegura, así, provocar el futuro con la palabra. Un juicio de valor un tanto arriesgado, aún de boca de nuestro héroe. Si le dan suficiente tiempo, Odiseo acomoda la empartuzada, mejor que la Alianza la llegada de Domingo Cavallo a la cartera de economía.
Modifica el presente con el discurso, pero sobre cosas sin importancia. Poca suerte lleva probando con la Quiniela, no más de veinte oportunidades efectivas en cuarenta años de apuestas, pero en esto, es hombre de inquebrantable fe. Recuerda la jugada de la mañana con los magros maravedíes sobrantes de los que dejara la ex sobre la mesa para el almuerzo. ¿Por qué Ciento Veintiocho? Se pregunta finalmente. ¿Por qué solo a primera y no a los diez? Tales son las cavilaciones del héroe mirando el papelito y focalizando las tres cifras.
Odiseo Torres, el deiforme, sostiene que el primer deber del escritor, no es otro que ese, embellecer la realidad mejorándola a fuerza de palabras. Podemos imaginar un mundo, pero solo aparecerá ante nuestros ojos apenas lo nombremos, cuanto mas bellas sean esas palabras, mas hermoso será el resultado.
Contrario a esto, Sisoco, de argumentos no menores en calidad, sostiene la existencia de otra casta de utilizadores del verbo.
-No otro es el inconveniente del invierno, sino alejarnos de la realidad -Dice Odiseo deteniéndose demasiado en cada palabra-
-Porque tenés ropa con que cubrirte y ahora tus preocupaciones son mas ontológicas-
-El invierno nos aleja del mundo, hacia interiores de hogares o bares, u otros lugares, hacia interiores de uno mismo-
-Pero en ese caso también cambiamos la realidad, que debería ser el frío.
-A un costo enorme, mi buen amigo, retirando el cuerpo adentro de ese montón de ropas, tan lejos de la realidad original.
La realidad original es la que debería existir cruda, pero lamentablemente observamos cada vez con más frecuencia al lobo cuidando las ovejas, el ladrón en el puesto policial, el demonio -pero no un demoñito pequeño- a cargo de la iglesia. Su posición está basada en publicidad, en hacernos creer que son otra cosa, en modificar la realidad.
Es fácil notar la verdadera identidad de ellos. Es suficiente escucharles decir cuantas veces "seguridad" al ladrón oculto y verle el brillito en los ojos, o cuantas veces se escuda detrás de "la caridad de Cristo" el enviado demoníaco, aquel que cobraba a los familiares de los desaparecidos por cuenta de los que creemos el demonio, lo que le valiera el apelativo de “el cajero”. Es inevitable, cada vez que se forma una brigada contra el narcotráfico o antisecuestros, comienzan a aparecer camionetas preñada de merca o gente, los que mas saben de merca se encargan de comercializarla, los peritos en secuestros se ponen a realizar lo que mejor saben hacer, esconder gente. Aquí cabe el razonamiento de Odiseo Torres, de claridad abrumadora.
Ante la llegada de un grupo humano nuevo, especializado, poco afecto a las labores manuales, llamados “los ladrones”, la sociedad previó como mejor opción la creación del grupo especializado llamado “la yuda”. Ahora bien, cuando esta sociedad solo contaba con ladrones, experimentaba un solo peligro potencial: el robo, al agregar el grupo antagónico, incrementó la inseguridad puesto que el policía puede, robar, plantar pruebas, encerrarte con la camioneta, violar, secuestrar, vender merca, asociarse con otros delincuentes, y un largo puñado de etc.
Poco en común tiene el humano medio con estos individuos, que hablan el mismo idioma, conocen detalles de su arte totalmente ajeno a aquellos.
A modo de paliativo de esta situación caótica, el estado de derecho imaginó que podía, por lo menos, administrar tamaño problema, creando una nueva institución, la justicia, la cual es un estadio intermedio entre estos dos, sintetizando cualidades de ambos en un solo cuerpo, con los resultados que saltan a la vista.
Por lo cual, es imprescindible el regreso a un momento anterior donde solo había ladrones. Estábamos mejor cuando solo había ladrones.
¿Cabe aquí mencionar otros detalles? Esos que siempre hermosean el relato al precio de distraer al lector, tales como el aroma del café que podemos hacer provenir del bar distante; eso que pareciera son sonrisas de Anita, a su derecha, que de descubrirlas de verdad, tendríamos que colocar lentes de sol a su entorno, los latidos que pueblan y arman la realidad, el pedazo de mampostería, del tamaño de una de las lunas de Júpiter, a punto de desplomarse sobre algunos humanos, tan inocentes como ignorantes de la precariedad de sus vidas, que algunos de los allí reunidos -seguro aunque sea uno solo- esté recordando aquello de "grabé tu nombre y el mío, en las arenas del mar y un juramente que nunca..." ¿podemos permitirnos estas licencias, cuando de héroes estamos hablando? ¡Dejame de joder! Aunque no vendría mal un detalle de colores y olores de la repartición. Veremos y ampliaremos.
Mientras tanto, la feliz vida de otros homo sapiens, por poco congéneres de nuestros héroes, pasaba desapercibida para estos, por lo menos parcialmente. Incluso aquellos cuya vida dependía de una casualidad, como que no se desprendieran esos diez kilogramos de cielorraso sobre el público.
Sisoco contaba con cierta facultad adquirida con el tiempo y el contacto con Odiseo, cualidad tal vez menor. Esta le permitía desconectarse de la realidad inmediata, a la cual hacía referencia con el eufemismo desenchufar el audífono, lo que los músicos en los recitales llaman con exquisito gusto el retorno, como si del título de un tango de Manzi se tratara.
Tango cuyo título nos sugiere que bien podría versar sobre el ana-ana, ese que perciben los médicos al recetar tal fármaco, o los empleados municipales por permitir un estacionamiento por mas de cinco minutos, o el director de transporte por habilitar un vehículo de dudosa transitabilidad. A esto se le denomina con el alegre eufemismo “picardía criolla”, aunque solo en Argentina, afortunadamente para beneficio de la estirpe humana.
Este desenchufe, lo calificó últimamente para la ominosa -y largamente anticipada- patada en el culo, de novia de varios años, dando por tierra sueños de párvulos en común, casita con quinta, plantitas y todo aquello que creemos -o fuerza la maquina que creamos- hace a la felicidad.
Beldad esta del audífono, inventada, sugerida y compartida por su amigo y par, el deiforme Odiseo Torres, perfeccionada a lo largo de los años de escuchar mujeres reclamando cosas o actividades, con voces altisonantes, respondiéndole afirmativamente el héroe con la cabeza, focalizando al mismo tiempo números de la quiniela, letras de sambas o zambas, asaltos a camiones de caudales, motores eléctricos para bicicletas o palíndromos que versen sobre Racing de Nueva Italia, tratando que sean lo menos plagiatorias aunque si alusivas o conmemorativas de letras anteriores.
Mentira esta de la simulación de escucha interesada, puede ser llevada adelante por un humano común a lo sumo un par de meses; por un buen actor, un par de años.
Sisoco, hombre sin mácula y sonrisa franca, había bosquejado un angelical rostro escuchatorio, aceptante -Digno de paciente cabeceante ante médico prohibiéndole cosas y por dentro el lógico chupameunhuevo- durante siete años, más nunca llegó a la perfección operada en el intelecto de su par, amigo y confidente.
Los riesgos son los mismos de siempre, ya que por mucho que se filtre y se busque el contenido verdaderamente importante del monólogo, el llamado núcleo duro, siempre algo vital pasa por alto, como cuando se borran los emails basura, siempre se borra uno erróneo y hay que volver atrás y aceptar los llamados de atención.
-Te dije que el viernes era el cumpleaños de mamá -Soltaba la Sole entre otros reclamos al paciente Sisoco-
El principal problema en este, radicaba en la imposibilidad de argumentar la falta de memoria en su favor, copiándole el producto tal cual lo diseñara originalmente Odiseo sin algún mínimo retoque del código de programación. Para ello, era Open Source, afortunadamente.
La única forma de desatar los alambres con los que lo retenía la Sole, fue dejar que Odiseo, fecundo en ardides, soltara la pregunta en ciertos circuitos íntimos del amigo, el porque de la extemporánea felicidad de Sisoco García. Al ser uno de los hombres carentes de ansiedades, Sisoco difícilmente no fuera feliz, pero ella repitió la consulta como todas las semanas.
-Alguien que te conoce bien, sabe que tenés una amante -Sugirió ella entre bocado y bocado de milanesa con puré, en su afán de inspector Dupín y la carta robada-
-Amante sería la palabra adecuada si hubiera amor -Respondió Sisoco, habiendo encontrado entreabierta la puerta para ir a jugar-
Elegante forma de escapar del cerco de la realidad a la que lo había sometido la Sole, con su consentimiento. Demasiado anclaje a la realidad tal cual nos la presenta el sistema. Demasiada tarjeta, demasiado orden, demasiada planificación de demasiados fines de semana en adelante, posiblemente años, demasiado guión en definitiva. Guión ajeno.
Odiseo, en cambio, difícilmente se dejara convencer por mucho que se esforzara esa realidad, tal cual la conocemos, ante una situación similar, ante un conato de alambrado de la realidad, como sugería su par Sisoco García haber sido víctima, él levantaría ligeramente la mano derecha, permitiría que los dedos abandonen posiciones rígidas, luego dejaría escapar del cerco de los dientes alguna frase del tipo:
-Ya vengo mi reina, no os preocupéis -Escuchando el grito de solicitud de plan de vuelo a sus espaldas, pero no escuchándolos a la vez-
Léase por plan de vuelo, hora estimada salida, de arribo, ruta, tripulación y todas esas minucias ajenas al ánimo del héroe, que parecieran ser muy importantes en el imaginario de la vida de pareja.
Llueven preguntas relativas al cargado de teléfono celular, pullóver, dinero, otorgándole demasiada entidad a cosas que no lo tienen, descuidando que lo importante, lo verdaderamente importante es la juntada, la gente, la palabra.
Ante las altisonantes voces de reclamo, justificadas en extremo, a su regreso al quinto día -delito que no puede resarcirse con todo el chocolate del orbe- esgrimiría argumentos explicativos de la frase, aclaratorios:
“Ya vengo” es también, también signifca cinco días, en virtud de las leyes de la relatividad general y especial, ella observaría las manos moviéndose, explicando, aclarando, llegando en auxilio de la voz, para subrayar el discurso, esa voz vinosa que en vano se esfuerza por tapar sus gritos, hasta el imaginario pulsado de la tecla que concluya el monólogo mutuo, esa mano que enciende el filtro anímico, que utiliza el héroe para bloquear el ingreso verbal a su intelecto.
En los clásicos, en su verdadera época, la de sus pares, cuando las cosas no tenían nombres aún y todo era mítico, o mágico; cinco días era un mínimo asado, una juntadita, la hospitalidad de quienes nos reciben, requiere que nos quedemos más allá, muchas veces, de nuestra intención original. Simplemente porque -sostiene el deiforme Odiseo- nos debemos al cariño que nos tienen los afines, de que otra cosas estamos hechos, sino del amor de nuestros prójimos. Nosotros valemos por la virtud de quienes nos brindan su afecto, tenemos el tamaño del amor que nos regalan en su voz y ánimos, si concurrimos a esos lugares, es porque nos convocan, si nos convocan, es porque nos extrañan, si nos extrañan, es porque algo les falta. Y ese algo, está en nosotros, la alegría de verlos que muestran nuestros ojos. Solo quienes carecen de bienes materiales, conocen de la alegría que se experimenta al ser solicitado de afecto, porque no hay otra necesidad. Odiseo no puede prestar el auto, ni la casa, ni la guitarra, ni la tarjeta de crédito, solo la palabra, y no es poca cosa.
¡Qué hermoso momento para agregar el sustantivo túmulo o alféizar! pero ¿Con qué inocente excusa?
Así viven sus días los hombres similares a dioses, concurriendo a donde alguien necesite de historias. Rómulo, asiste donde alguien necesite de argumentos y su par, el divinal Jacinto Ruiz, allí donde alguien necesite de esperanzas por haberlas perdido, de orejas que soporten el peso de esos dolores y que aprendan lo fácil que es reír de los dolores, nos reímos de lo mismo, porque nos duele lo mismo.
¿Llovizna, dijimos ya llovizna, o lluvia? Porque no es lo mismo, ni en significados ni en sonido, ni en la imagen, ni en la amistad que debemos honrar a la llovizna.
¡Sería una verdadera lástima, que afuera de esa oficina no esté lloviznando, por no decir directamente una cagada! Aunque más no sea imperceptiblemente.
Háganme acordar que hay que decir hirsuto y crisálida en algún momento, tampoco se porqué, pero estaría bueno. Y haiku seguro que van a haber, un par por lo menos, no se si Sisoco va a escribirlos para Anita, aunque ella no los lea, aunque él se los trague como jugadas de quiniela clandestina, de pura vergüenza.
Llovizna, el sol lamenta no ver tu sonrisa. O algo así. ¿La sonrisa de quién?
Vaya uno a saber. De ella, es lo primero que pensamos. Estereotipada hada que motiva la escritura. Tal vez. Tal vez la del lector, allá adelante, en la nada que es el futuro. Tal vez, recuerde que el futuro llegó, hace rato y que es todo un palo, que sonría conforme lo manda el escrito, porque le otorga demasiada entidad a estas palabras. De ser así, una mínima cuota de esa magia que me regaló el hada, llegue en el tiempo hacia ti.
Solían soltar Odiseo o Sisoco, en sus monólogos, chistes que ridiculizaran el hablar de El Jefe del segundo, pero ya no. O el apodo impuesto en secreto a la gorda de sistemas, Gregorio Samsa. Hay calidades distintas en la maldad de la gente, nuestros héroes son de los malos buenos. Optan por otra cosa, porque tienen la facultad de hacerlo. Tienen opción de otra cosa.
-Hoy cualquier pelotudo entra al gúul, le manda un doble clip en algún link, lee dos renglones y cree que lo habilita para hablarte dos horas sobre la clepsidra -Soltaba Odiseo, que aseguraba haber batallado sobre los márgenes del Escamandro, a la par del pélida de los pies ligeros-
Odiseo no vive en la realidad, apenas merodea la periferia, el conurbano de la realidad, valiéndose de una serie de amagues, fintas y golpes de cintura, con los que esquiva a diario las convenciones sociales, todas, desde las mas simples hasta las mas complejas. Una de aquellas es desoír, desde su mas tierna infancia, aquel mandato estético que prohíbe la extracción los mocos en público y la fabricación subsiguiente de ínfimas pelotitas, placentera costumbre que conserva a pesar de los años, la escasez capilar y el porte igual a un dios. Consultado cierta vez el héroe sobre el particular, supo responder:
-¿Que son las uñas, pregunto a ustedes compañeros y me pregunto, sino delicadas espátulas nasales? ¿Que otra utilidad pueden esconder en un supuesto plan divino, de haberlo?
Ante la cara absorta y encogimiento de rostros de sus congéneres, luego de colocada la primera derecha al mentón, continúa, ya mas seguro.
-Repárese sino en los semáforos -Sugiere luego en voz mas alta, seguro en el punto anotado en su favor, acompañado de movimientos de brazos en alto, dibujando los redondeles de las luces tricolores con el índice, para mejor comprensión de su entorno- fueron diseñados por un inteligente demiurgo con no otro fin ontológico, sino un alto en el tránsito para que el conductor pueda realizar tan noble actividad, la extracción de aquellos nasales excesos.
Este escape de la realidad, lo empuja hacia otras costumbres, algunas incluso encierra peligro potencial de inconvenientes de los que no se escapa sin auxilio de abogados, otras mas simples o no tan graves, como las negativas a cumplir mandatos bíblicos mínimos, taxativos y lógicos, del estilo: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente” o los no tan bíblicos ni taxativos, pero tácitamente normados: “No escribirás obscenidades en los mingitorios públicos” o “No mirarás tan insistentemente señoritas veinte años mas jóvenes que tu”, o “No reirás en oficinas públicas a los gritos, frente a dicho público”, o “No les tirarás onda”, o “No apostarás dineros en los caballos, ni en la rula, ni en la quiniela”, o "Menos aún por groserías", o “No te las voltearás”, o “No orinarás en la vía pública, envalentonado por el alcohol y la nocturnidad”, o “No harás que se enamoren”, o “No jugarás al chupino hasta elevadas horas de la mañana, teniendo pareja estable”, "No te servirás Jonhy Walkers ajenos en jarras de cerveza", o “evitarás -en lo posible- entrarle a los travas” y símiles de belleza y gravedad en extremo amplias, destinadas, todas estas prohibiciones, como bien sabemos, a la pacífica convivencia social. Como adelantara el estagirita, la ciudad es el único lugar para los hombres, fuera de la polis solo hay animales y dioses. Ahora bien, la pregunta es si la ciudad es también el conurbano de la realidad donde habita este dios de cabotaje.
La polis, como bien sabemos amigos, también está poblada de estos seres mitológicos extractores de mocos en público. Deténgase -si se la banca- a observar en los semáforos, a ver si se atreve a desmentirme.
No toleraría el orbe, más de un Odiseo a la vez, peligraría el orden público al multiplicar el regreso al caos tribal. Porque así como pueblan el orbe almas de justos que ennoblecen la vida, debe haber poetas, saltimbanquis, cantores “y hasta gente peor”, también deben existir quienes enaltezcan al género humano por antagónica cercanía a aquellos, haciéndolos brillar aún mas, para el contraste. De no existir el malnacido de la radio matutina, o el de la televisión nocturna, perderíamos el parámetro del umbral del mal gusto.
Hay quien sostiene que esas sonrisas con las que enfrentan el día, son producto de no tener la menor noticia de que ocurre, placeres de los que se abstienen, como de ver televisión, o escuchar esos comentarios en la radio, los hace vivir su realidad más personal.
Sisoco, posee una vaga idea de esta,
Odiseo, ninguna.
El carácter de vendedores de libros "al timbre" hace que Jacinto y Rómulo tengan mas contacto, mas barro, mas asfalto. No mucho, pero si mas que aquellos.
Es mucho mas real, para estos, lo que ocurre en las tiras de Pirinchito y Gordoazul, en las fotocopias de fotocopias que aparecen periódicamente en las calles, que aquello que asegura es la realidad, el patético hombrecito de la radio y sus lambiojéticos subalternos.
A partir del perfeccionamiento de un proceso, denominado firewall anímico, Odiseo jura en breve volverse millonario, dejar estos pesares y vivir de allí en mas, los años que le quedan en stock -que jura serán muchos- en la deshabitada y apacible isla de El Hierro, en el archipiélago canario; fruto de la patente que dejará para que comercialice algún estudio de abogados presidido por su par Rómulo, de difícil apellido hebraico. Otra de las opciones que tiene en mente es el boquete al banco o la grande, que jura ganar el mes próximo, merced también a un invento que está desarrollando; motivo por lo cual, requiere y conmina a que nadie tome compromisos, dado que deberán auxiliarlo en la noble tarea de gastar un millón de dólares estadounidenses, en un viaje por el mundo de treinta días.
Para el diseño de aquel firewall anímico, necesita del auxilio de varios tipos de técnicos totalmente disímiles, programadores de software, abogados y psicólogos. Odiseo tiene la virtud de estar a suficiente distancia de todos los trabajos, tanto como para tener la objetividad mínima que requiere el análisis desde otro punto de vista, no viciado de tecnicismos, puesto que esto inhibe el juicio, la capacidad crítica. Hay quien va más allá y sugiere que Odiseo Torres, está a suficiente distancia de cualquier profesión del planeta, equidistante de todas. No es descabellado este punto de vista, sobre el descabellado Odiseo, descabellado tanto por su accionar como por su escasez capilar.
El proyecto es de una sencillez abrumadora.
Un par de bucles, variables y constantes; quien dice algunas sentencias acertadas, que por aquí no, que si esto si, entonces siga por acá, y que si no, continúe por este otro lado, que el flowchart y las condiciones si y solo si. No otra cosa que un lenguaje de programación es el lenguaje y la actividad de la gente relacionado con él.
Quien mejor que el magnánimo Odiseo Torres en la utilización del verbo y como acomodarlo.
Ya en poder del software que analice y filtre el lenguaje, se toma una base de datos de cosas jodidas -perdón, pero no cabe otro término- al individuo y la actitud a tomar frente a ellas, o el flujo que seguirá el programa, que es decir exactamente lo mismo.
En una entrevista bien conductivista, un operador especializado customizará el producto según la base de datos del cliente, luego del llenado de un ligero formulario.
Una vez perfeccionado el software, bien puede ser totalmente automatizada, prescindiendo incluso del auxilio humano, abaratando costos, a través de botones y barras de desplazamiento en una página html, se elige como si fueran esas planillas de orientación vocacional. El objetivo de este programa, como se ve en este caso, es muy otro.
Tomando como base aquello que comunicamos al programa, que le agradó al individuo, en que grado ocurrió ese agrado, lo que le desagradó mucho también, mezclando y eligiendo; este prodigio permitirá, mediante algún simple procedimiento hipnótico, el paso a ciertas palabras, filtrará otras y puede darse el no extraño caso incluso, del cambio, liso y llano de unas palabras por otras, o directamente por música de fondo, ante sentencias tales como:
-Vence el lunes la tarjeta, quinientos pesos-
o
-Llega LuisMi a la Argentina-
Odiseo va por más y propone, para una versión platinum, estrofas de Divididos tales como:
-”Sudaba, como una ballena en ascensor”
Cuya impecable factura y su acompañamiento musical, llama fácilmente a sonrisas, que conllevan el desprendimiento de ciertos neurotransmisores en el torrente sanguíneo del individuo, opiáceos naturales de la hipófisis o hipotálamo, no recuerda bien ahora el héroe la glándula de secreción interna a cargo de la provisión de dichas hormonas.
Existen, creería, palabras que a ciertas almas no mueve un pelo, mientras que a otros como Odiseo, no solo no le mueve el pelo por carecer de él, sino que no entran en su intelecto, ya que nunca lo hicieron. Por el contrario, insulsas estupideces lo llevan a lágrimas fáciles, o aumento de la presión sanguínea, o estornudos, o erupciones cutáneas.
Prueba suficiente de esto, es cuando fue sugerido cierta vez a Odiseo en presencia de Jacinto “andá a jugar a las muñecas con los abortos de tu madre” y Odiseo, ex boxeador, continuar su vida de relación normalmente, sin menoscabo aparente de sus funciones afectivas; mientras que si lo alterarían sobremanera vocablos tales como taladro, martillo, pala, plomada o nivel, producto de infancia de padre albañil, obras mañaneras, que marcaron hondos y malos recuerdos en su yo sensible, todos relacionados con sudor, cansancio y dolores musculares.
Duda Sisoco si en realidad Odiseo ya llevó adelante el proyecto y secretamente deambule este mundo sin escuchar realmente lo que en él sucede, haciendo él mismo de conejillo de indias para un proyecto ya en marcha, software en etapa beta, negándose a convidar a sus amigos tamaña belleza de la tecnología.
Imaginan nuestros hombres, en discusiones de tipo técnico con Odiseo, acuerdos, diálogos futuros que comiencen con “está bien, desenchufá eso y escuchame atentamente” o alguien cercano en afectos, que antes de una huida hacia el exterior doméstico los ataje en la puerta y pida “¿Podés escucharme cinco minutos sin encender el filtro así te pido algo?” (que ya tiene hasta un apodo) mientras el requerido de orejas, mantiene el dedo a escasos milímetros de un imaginario botón que lo encienda, y que ante la visualización de riesgo potencial, de una mínima palabra que amenace peligrar la felicidad de su día, lo pulsara, como si estuviera en el lejano oeste, y en vez de botones fueran pistolas a los lados de la cintura y en vez de La Silvia, mujercita de sus amores, fueran Yul Briner o Clint Eastwood, con medio cigarro masticado entre premolares, música de western spaghetti, creo que Enrico Moricone y matas de pasto rodando en el irredento viento desértico.
Odiseo Torres, sanvicentélida insigne, que al barrio -aún- ennoblece con su tránsito y su vinoso saludo, difícilmente acepte datos sobre la humedad relativa ambiente, el riezgo país, el precio del dólar paralelo, hora de salida del sol, el paro de transporte, los números del INDEC respecto de la inflación, el precio del pan, la muerte del obispo o la llegada del tal chaian o luismi a la Argentina. Solo ojea el diario en el sector reservado a las Quinielas y alguna vez al año, novedades sobre su Racing de Nueva Italia.
Conserva orgulloso un record ginnes entre muchos, al menos, inusual: diferentes formas de leer un diario sin abonarlo.
No son menores argumentos los que sostiene el héroe en su negativa a comprar el diario. Sería demasiado obvio, por lo que evitaremos mencionar, por obvias las simples: alimentar las hijoputamultinacionales colaboracionistas de gobiernos de facto, elegimos en su lugar esta mas estética: pagar un diario, para solo leer no mas de cien caracteres -los números de las diferentes quinielas- no tiene sentido, es un verdadero despropósito, un ratio costo-beneficio muy dispar por unas mugrosas letras. No carece de sentido un argumento en contra de miles de usuarios del mencionado elemento introductor a la realidad -ya que así lo llama Odiseo- usuarios que lo adquieren para que descanse en el escritorio, o solo leer la opinión sobre un tiro libre indirecto, que alguien debió patear en lugar de otro y no lo hizo, o leer el obituario de alguien que no merece se recordado, tampoco estos últimos faltos totalmente de buen criterio. La berretización del presente, para negar el pasado y el futuro.
Sisoco, producto de su profesión de lector, lee a la gente a través de las letras que cargan. Los portadores de diarios, son un tipo particular de gente. Hay gente, pareciera incluso a simple vista, que deambula la vida sin cargar letras.
Ocurre, me ocurrió, de entrar a casas desnudas, por carecer de bibliotecas. Su sola mención puebla el alma de tristezas.
Pasa por cuestiones de merecimientos. No merece ser vivida la realidad propuesta por el diario, así que él elige vivir otra y pregona esa buena nueva al mundo.
Comprar el diario, mirar el noticiero, escuchar la radio, implica un pacto tácito de “credulidad”, o “escucho lo que me decís” que no acepta Odiseo, por no poder contestarles lo que tiene para decirles, que no es poco.
Odiseo, no compra el diario. Lo ha solicitado el diario la cola de la farmacia, no tiene ningún inconveniente en tocar el hombro al inmediato anterior, auxiliado de la frase “Ya que no lo está usando, la última hoja, para ver los números de la quiniela"
Se observan signos de creciente ofuscación, cuando el desprevenido y legal propietario del periodístico papel, debe continuar su viaje al estar ya en su poder, las cápsulas de Clonazepam y el antihemorroidal, pretendiendo también hacerlo con aquellas hojas sueltas, que conforman El diario al cien porciento, si y solo si, observan cierto orden y grado de completud en el volumen de papel adquirido. Esperan, resoplan, mirando la faz cambiante del deiforme Odiseo Torres conforme recorre las letras y principalmente los números, observan nacer la ira en si, esa misma que pretenden aplacar con el ansiolítico.
-Si, todo bien, gracias amigo- Observa el héroe la triste figura humana, tomar y reacomodar las hojas, en la alegría por el recupero, abandonando el lugar camino a su realidad algo mas química.
También, pobre hombre, con la realidad como viene, y con lo que lee en el diario, no es descabellado pensar que Odiseo le haga un bien quitándoselo. Si lo dejaran hablar al héroe, arriesgaría incluso una modificación en la dosis del fármaco en miras al bien del prójimo.
-Yo saltearía alguna toma de esto y lo reemplazaría por unos días en San Marcos Sierra -Seguramente prescribiría Odiseo metamorfoseado debajo de un guardapolvo blanco, un estetoscopio colgando del cuello y el vaso liquidambarino sobre el escritorio-
Sabe de otras ciencias, que medio kilogramo de LSD de simple y casera fabricación, colocado en los depósitos de agua potable de una megápolis, por caso Córdoba, modificaría neurotransmisores de toda la población de la ciudad, hacia una realidad mas primaveral, mas sesentista, mas woodstock, pero desiste al realizar un segundo y mas detallado análisis, que incluya otras variables como la explosión demográfica causada por los embarazos masivos, las colisiones automovilísticas, las demoras en las colas de los supermercados o las demoras de los mozos en los bares, que es mucho mas grave.
La felicidad es una cuestión volitiva, concluye azorado de tanta verdad, también para hacerse cargo de la verdad hay que ser un hombre.
Rómulo, en cambio, tiene otra teoría más interesante, por ser más simple, sabe que Odiseo no abona el diario por un odio xenófobo que guarda hacia los periodistas.
En un televisor colgado negligentemente de la pared, se suceden imágenes de publicidades de yogurt, a las del recital de Cheien.
-Mercenarios, cipayos -Grita ofuscado ante el eventual televisor encendido en un bar donde cultivan el encantador arte de la degustación maltoso ambarina y medir las fuerzas el noble deporte del chupino-
-Pará Odiseo, que no te escuchan -Advierte Rómulo al enrojecido rostro del amigo y confidente-
-Ya se, no me cortes la inspiración, me encuentro disfrutando de mi odio -Responde magnánimo Odiseo, que es proclive a disfrutar de todo-
-¿Porqué odias a los periodistas? -Pregunta al fin Rómulo, el de esa tan extraña como extemporánea patología, denominada trotskismo-
-¿No era a los peronistas? -Pregunta Jacinto en broma hacia el justicialista amigo Odiseo-
-¿Viste las movilizaciones en la tele, cuando el gremio tal se moviliza, bombos, pirotecnia y esas cosas? -Pregunta a su vez Odiseo, para elaborar una idea-
-¿Cual Gremio? -Pregunta Jacinto-
-¡Cualquiera pelotudo, es una idea! -Ira funesta visible en las pupilas de Odiseo-
-Si, está bien, cualquier gremio que sale a la calle a reclamar -Sonríe Rómulo que descree de la mayoría de los argumentos de Odiseo, y hace bien-
-Cuando filman, hay dos bandos, el gremio y la cana. ¿De que lado están los periodistas?
-Y, si -Dice Jacinto, luego de seis silencios de negra- Así, si.
Hurta el diario, se introduce en bares y licorerías y fingiendo que el mozo no llega, se va después de haber leído los resultados de esos números, en las páginas finales, con movimientos de brazos que den muestra de la afamada ira funesta, que no se debe -tal cual parece a simple vista- a la no llegada del mozo y atenderlo conforme lo hacen y es su profesión; sino a la ausencia de su ansiado número en la lista, difícil de predecir o imaginar, una posibilidad en cien, o una en mil. ¡Nchisumadre!
Prefiere, de haberlos, los periódicos de manos de mujeres, cuanto más jóvenes mejor, ya que sugiere “le traen suerte” con esas apuestas, como si el sorteo se realizara segundos antes de la solicitud y no haber sido un día anterior. Los dioses no son ningunos giles, siempre que piden sacrificios, quieren que sean bellas doncellas, nada de traerme uno de esos viejos gordos sin gracia alguna, que pululan por los barrios a la tardecita, que sacan la silla la ponen al revés, apoyan los codos en el respaldo y ven pasar la realidad tomando mates. Esa otra realidad- Doncellas y de las mas lindas. El divinal Odiseo Torres, cree corresponder a un plan divino al requerirles este auxilio para con sus números, no con sus vidas, ya que siempre es suficiente la sonrisa.
Eso que por convención llamamos La Realidad, sostiene el insigne varón, es lo que permitimos que ella sea, al escuchar lo que otros dicen que es, por el valor que otorgamos a la palabra de los otros.
Mucha de esa gente, de más está decir, la calidad de su palabra -oral y escrita- vale tanto como sus contradicciones públicas, medio sorete. Realidad pre masticada, pre digerida, realidad anotada, o comentada, como los libros de leyes para beneficio de la máquina.
Mientras tanto, Odiseo va fabricando su realidad con retazos de lo que encuentra, armando un curioso bricolaje, con el exclusivo objeto de mejorar la calidad de vida propia y la de su entorno, a fuerza de palabras. Las palabras de Odiseo no son de mayor cuantía, ni valor, son mejores, solo son mas bellas y eso es suficiente.
La imagen de una sociedad de hombres iguales es estéticamente mas bella que esto otro, solamente por eso es mas interesante la utopía. Tal vez por ello es el triunfo del cristianismo al pregonar, la tierra para el que la trabaja, cosa que va a hacer Monsanto, para producir biodisel, conforme su clerical nombre.
La mayoría de la gente, permite -sin sospecharlo- que su día sea lo que establece ese guión ajeno, patrocinado por bancos, petroquímicas y automotrices, bastante berreta, por cierto, al encender la radio, u ojear el diario, por citar ejemplos poco felices.
No asistimos a otra cosa en este nuevo siglo, que la paulatina berretización de los rituales. Al día de los muertos, lo separan solo horas de halloween.
Aceptar que la vida es eso que pregona el televisor es, al menos, negligente, aparato este al que el héroe bautizara SAC, esto es, supositorio de alucinación colectiva. Hay que admitir que es mas simple dejar que otros escriban el guión, pero es mucho mas interesante la opción de guionarse uno mismo.
También es cierto la dificultad que encuentra todo individuo de este género, al intentar argumentar porqué no se posee vehículo de explosión interna, o televisor, o tarjetas de crédito o teléfono con muchas funciones y colores, es cierto.
No alcanza Odiseo a comprender los argumentos de los telefonohabientes en favor de los aparatos, cuando explican estos, con este cosito entrás al gúul, con esto pedís una pizza, con esto te da la temperatura y la hora en París, acá tenés el GPS para saber la posición en los tres ejes, con un error de menos de un metro, filmás con esto o sacas fotos.
-¿Y para hacer una llamada? -Pregunta el deiforme, aturdido de tanto desconocimiento de la vida real-
-No, ni en pedo, sale muy caro el minuto -Responde su interlocutor-
-Ah -Contesta Odiseo, mas con los ojos que con la boca, sin alcanzar a comprender ni preocuparse por hacerlo-
Es sano no entrar en conocimiento de ciertas cosas. Mejor no hablar de ellas sugería el pelado aquel de los lentes por el sol.
Jacinto, por su parte, perfecciona pacientemente el método de encontrar a diario, un elemento nuevo de la realidad que le chupe un huevo. Con mediano éxito.
Intuye Odiseo que algo de esta realidad guionada esta mal, tanta insistencia de la máquina para que los individuos ingresen en ella, mas carece de elementos de juicio, como carece de capacidad de juicio, carece también de sano juicio, mas no abdica en su prédica contra el aparato y quienes vienen detrás, o en otro plano. Insiste en la existencia de una perversa organización cuyo objeto es lavar los cerebros humanos a escala cósmica, a través de los televisores y la insistencia en trivialidades, en “rascar donde no pica”. Cree adivinar intuitivamente y comunica el hallazgo a sus congéneres, supone haber encontrado una veta interesante en su investigación, a ahondar en adelante, por el lado de las publicidades relacionadas a la salud, desde la caspa, las hemorroides, los dientes y muy puntualmente, sobre lo buenos que son para la salud -a juzgar por los juicios de valor emitidos en la televisión- esos derivados lácteos que llaman yogurt.
Algo entre perverso y demoníaco asume existe, en directa relación a tales productos lácteos. La asociación entre automóviles y traseros de mujeres, es totalmente comprensible, la otra de cigarrillos asociados directamente a la virilidad, también, aunque mas perverso, si, pero entendible. Lo que no alcanza a comprender -ya no se trata de los argumentos de las publicidades, ya desistió de ello hace rato, por la magnitud de la empresa investigativa- es la insistencia sobre el yogurt. Contabiliza miles de segundos televisivos destinados al lácteo producto de nuestra pampa húmeda, y se le figuran agentes de la CIA y el Mosad detrás de esto, con intenciones non sanctas, tal vez relacionadas con la imposición de cantantes, no solo la venta del yogurt. Intuye, cercano a la paranoia, que algo y alguien se esconde en un segundo plano, proclive como es el deiforme Odiseo Torres a leer segundos planos en toda la realidad circundante.
¿Como sobrevivió el homo sappiens, los miles de años que lleva sobre el planeta sin yogurt? ¿Como hizo la pobre Gregoria Matorras para alimentar al padre de la patria, en aquel pueblito de Corrientes, sin Yogurt?
Cavila, piensa, rezonga Odiseo Torres igual a un Dios: ¿Qué otra cosa sino leche podrida es el yogurt? ¿Será que somos un país mala leche? O eso pretende hacernos creer. La máquina lo dice a diario. Bástenos asociar a la cantidad y calidad de los argumentos en esa dirección. "Esta es la peor crisis". "Este es un país de ladrones". "Todos somos una porquería".
Lo que lo impulsa a detenerse, masticar antes de tragar y descubrir el bien con asombro, de boca de Jacinto Ruiz, que no, ninguno de nosotros somos ladrones.
Jacinto, merced a su bondad extrema, es el único con capacidad para el análisis, y descubrir con alegría que ni él, ni ninguno de sus amigos, o familiares directos es ladrón, ni vive de coimear a gente en las esferas del poder, llegando a la triste conclusión que los ladrones son menos, pero tienen mas prensa, que al generalizar "todos somos ladrones" pretenden colocarse entre toda la buena gente, como para entrar en la foto, sonrientes. No, ni en pedo.
Elige otra cosa, elige no formar parte de esa gente, descubre que simple es todo cuando se tiene la razón, que basta hacerse a un lado cuando vienen a abrazarlo para sacarse la foto. No aceptar esos argumentos, incluye la simpleza de Solo mover un par de grados el hombro, cuando se acerca el abrazo para esa foto, para no tener que preguntarse después, con dejos de culpa: ¿Qué hacía yo ahí?
En lugar de eso, deambula el deiforme Odiseo Torres eternamente las playas de la amurallada Ilión, zahiriendo, arengando, viendo a teucros y aqueos en constante lucha, mojados guijarros de la playa crujen a su paso, deambula de forma pedestre por Veintisiete de Abril y Ayacucho, que son el mismo lugar, en inmediaciones del departamento multipropósito, que oficia de oficina, bufete y hogar de una ex, analiza la posibilidad y la hora, cualquiera sea esta, cata intelectualmente la posibilidad “neta, neta” de serle ofrecido un mínimo desayuno u otras viandas, una oreja para hablar, sexo o algún reproche por falta de llamados en los últimos tres meses. ¿Dos meses? Creo que uno, mm, si mas de dos. Duda siempre el héroe, producto de su déficit mnémico, crónico.
La batalla es continua, eterna.
Quienes somos para dudar que las playas de Troya no sean también los alrededores de Veintisiete y Ayacucho, en el ánimo del largovidente Odiseo.
A escasos metros se encuentra, estando donde ahora lo colocara alguna divinidad, en el séptimo piso de Veintisiete de Abril al cuatrocientos, de aquel totalmente infausto y olvidable sexto piso. Si apenas unos metros, doblando la esquina. Terrible imagen, que insiste en regresar en el recuerdo, ahí a la vueltita, sobre Ayacucho, donde fuera sorprendida una vergonzosa parte de su anatomía al descubierto, más precisamente aquel pudoroso sitio donde la "espalda cambia de nombre", habitualmente hermoseada por granitos en él, pequeña y poblada de crines, mas que en la cabeza.
Imagina que las medianeras se tocan y esos lugares se inflan de sentidos, o eso quiere su recuerdo y vuelve la imagen convocada por el amor, vuelven los años mozos, el firme escritorio, la olvidada, aceitada y por ende silenciosa puerta, una de las escapadas a comer con aquella hermosa señorita, secretaria de la oficina, escasa en talla, aquella hermosa imagen de ella al irse. ¡Que pedazo de irse!
De preferir, preferiría recordar refriegas en el campo de batalla "donde los hombres cobran fama", o el nombre de ella, mas no. ¡Que bueno sería recordar aquel, el nombre por el que era llamada! Digámosle Penélope ahora.
"Malas son las cauciones que sobre malos se prestan" amonesta a su frágil memoria y vuelve hasta aquel infausto mediodía en que la abogada, dueña del buffet, terminara cierto -supuestamente- largo trámite anticipadamente en Tribunales -algo técnicamente imposible- a escasas decenas de metros del lugar, pusiera proa hacia esta, su oficina, con vientos demasiado favorables, abriera la puerta -la peor parte- y por sobre el escritorio, con toda la Jurisprudencia Argentina y La ley, como gran telón de fondo, el joven Odiseo con jeans debajo de las rodillas, de espaldas a esa puerta, la puerta olvidada, puerta omitida de cerrar con llave; los muchos quejidos y las muchas palabras, demasiado soeces para una niña, que recostada de espaldas en el escritorio hace solicitudes y sugerencias verbales, transpiraciones, ropas dispersas que no ocultan bellezas, y que hermosa, y aceleración de ritmos cardíacos respectivos y palabras de referee de fútbol con tarjeta roja en la mano a sus espaldas.
-Ya está, ya prescribió -Se tranquiliza con el párrafo de su mayor agrado, con el que abusa para soportar vergüenzas viejas, esqueletos en los roperos-
Navega, cabalga, deambula, viaja en definitiva Odiseo, fiel al mandato de su nombre, por los rincones de la memoria, cercana y lejana, mientras su fiel amigo revisa una hoja de cálculo con auxilio de un minúsculo diccionario Ingles – Castellano. Se abstiene por piedad de sacarlo de su ensimismado laboral.
¿Como se llamaba la enana? Prosigue con sus cuitas.
¡Que pedazo de... asentaderas!... Si, pero el nombre. Está bien, el nombre era ese. ¡No, que va a ser Vero! Bueno, ponele. ¿Y el apellido? Era español o vasco. Vasco, si. SI, ya se, campo en la zona lechera y que fáciles, reconoce, son las asociaciones en estos casos. Algunas hectáreas. ¡Que buen partido! Estaría ahora en el bar del pueblo tomando café y marcando los plazos fijos en la agenda. ¿Laboulaye? ¿Río Segundo? ¿Zona Sojera? ¿Zona Lechera? ¿Córdoba? Si Córdoba. ¿Planeta Tierra? Se ridiculiza a si mismo el héroe a efectos de distraerse de la ternura y evitar que "la pena negra brote", al decir del bardo.
Si. Viene de por ahí, contento en el ánimo, ausente de pesares que malogren su humor, porque también puede recordarse la máxima vergüenza con mucha alegría. Generalmente el recuerdo obra de esa forma, lo que es triste, vergonzoso, en un primer momento, con los años se convierte en cómico y hasta se puede contar. Abunda la bibliografía de los asados, sobre situaciones vergonzantes mucho peores, como elemento indispensable: carbón, carne, cartas de chupino, vino -porque rima con chupino- e historias vergonzosas. Casi siempre, relacionado a diarreas. Generalmente al preciso momento de las mollejas, para que coman menos los asistentes.
Suelta una segunda recomendación a la ciudadanía, para salirse de aquella complicada situación de angustia interna, enfrentando la derecha en alto de Sisoco, palma hacia él, hacia proa y fruncimiento de ceño, que le solicita en ello, un segundo de paz, para elaborar o cerrar una idea, o estornudar, o la amenaza -tal vez- de soltar un sordito, a juzgar por el gesto de dolor en el rostro. Algo en definitiva que quiere hacer, pero la personalidad invasora de la realidad de su par, no le permite. Nada ocurre que no sea Odiseo Torres, en varios metros a la redonda, mientras el héroe está presente.
Odiseo, lee en volumen menor de voz, algo quedo, monocorde, pero lee, como máximo don otorgado al amigo, ante una nueva mano en alto acompañado de muecas del rostro, baja ya casi imperceptible la voz, un hilo solo para si, para el placer patológico de escucharse y auto festejarse felices ocurrencias.

Bienamado turista, fuente de nuestros ingresos, anhelado tesoro. Entre las muchas cosas que trajera en su viaje a nuestra querida provincia, están esas botellas plásticas -llamadas técnicamente PET- y otros objetos del merchadising capitalista, mal hizo en no comprarlas aquí, pero eso es otro tema. Es nuestro odioso deber comentarle que el calificativo descartables, no implica que sean descartables en cualquier lugar.
¡Si, es cierto, por extraño que suene!
Para deshacerse de tan odiosos elementos, deberá optar por un lugar del tipo basurero público, aguardar a la recolección domiciliaria, o algo por el estilo, siendo particularmente de mal gusto dejarlas en lagos, arroyos o bordes de caminos, ya que la provincia cuenta con una nutrida legión de gente de mierda que lo lleva a cabo con excelentes y probados resultados. Fue un mensaje de la fundación para la armonía ciudadana. Muchas gracias.

Duda si dejar o no el calificativo "de mierda", ya que las autoridades son reacias a aceptarlos en el “eter”, agrega una coma, quita otra, la voz le devuelve algo de ritmo y cadencia; la imitación de vieja andaluza, le sale lisa y llanamente mal.
-Rock and pop -Dice Sisoco mientras sin abandonar en el teclado, la traducción que encontró mas apta para REALIZE- Hace mucho, ya está hecho.
-¿Denserio? –Pregunta Odiseo sinceramente-
-Si, boludo, cuan viejo o mas, que hacer pis en los portones-
-No tengo radio, JUNIGRAN-